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Tiempo de héroes de carne y hueso

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A veces pienso que he sido una persona muy afortunada por los cuarenta años que me ha tocado vivir en una sociedad en paz, democrática y en bienestar, como ha sido la sociedad europea de los últimos tiempos. Posiblemente hemos vivido, mi generación, una de las épocas más prósperas y pacíficas que Europa nunca conoció. Otros, en otros lugares, no han tenido tanta suerte y no pueden decir lo mismo.

Miro hacia adelante y el futuro no es tan claro. Vivimos tiempos convulsos, de grandes cambios, de grandes avances, de ciertos retrocesos, de pocas preguntas aunque con muchas incógnitas. Creo que mis hijos, y me duele en el alma, no van a disfrutar unos cuarenta años como los que yo he disfrutado. Hay oscuridad y confusión y vuelve a haber muros donde ya se habían tirado; y vuelve a haber semillas de odio y división allí donde habíamos conseguido plantar flores y cantar alegres canciones.

Aun con todo, tengo esperanza en el hombre y en la mujer que, en miles de millones, pueblan este querido planeta Tierra. Es verdad que fallamos, que nos matamos, que destrozamos todo lo que encontramos a nuestro paso… pero no es menos cierto que en todos nuestros corazones palpita una semilla de bondad dispuesta a desarrollarse en cuanto tenga oportunidad. Creo que ya hay muchos hombres y muchas mujeres que, en el anonimato, detrás del telón, van dando pasos decisivos hacia un mundo más justo, más pacífico, más humano, más de Dios. No salen en las noticias pero existen y no son ni uno ni dos, sino miles, millones. Gentes de toda raza, que hablan lenguas diversas y visten distintos ropajes; personas que en los campos, en las ciudades, en los desiertos, en las selvas, en los polos y en el Ecuador, se suman cada día a la única revolución capaz de transformarlo todo: la revolución del amor, de la divinización maravillosa de lo humano.

Lo que nos espera no va a estar exento de sufrimientos, temores y sacrificios y, por eso mismo, creo que debemos preparar a nuestros hijos, y a nosotros mismos, para ser capaces de llevar sobre nuestras espaldas, al estilo de Jesús de Nazaret, el dolor de muchos, la sinrazón de tantos, la indiferencia de otros. Ayudemos ya a las futuras generaciones a ser luz, a ser instrumentos de paz, generadores de diálogos, brisa incansable de esperanza, puertas abiertas, gotas de rocío, versos libres, notas bellas de una partitura hermosa. Démosles herramientas para recibir golpes y recuperarse, para ser asertivos, para ser resilientes, para ser misericordiosos, para ser tenaces, para ser leales, para luchar por la Verdad y la Vida en mayúsculas, para aprender a vivir con sus miedos y confiar en que Otro les protege.

No son tiempos estos para no mojarse. Hoy más que nunca necesitamos héroes, héroes pequeños, de carne y hueso, frágiles en poder pero fuertes en alegría; sacerdotes, profetas y reyes.

Un abrazo fraterno – @scasanovam

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