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¿Tenemos una misión como matrimonio?

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Mi mujer y yo tuvimos claro desde el mismo día de nuestra boda que nuestro matrimonio, nuestra familia, debía tener una auténtica proyección misionera hacia afuera, que los muros de nuestro hogar no debían ser las fronteras de una intimidad conservadora sino la puerta para todo aquel que necesitara tener un lugar donde “descansar”.

Demasiado, tal vez, hemos incidido en la vivencias familiares hacia adentro y eso, creo, nos ha hecho olvidar la misión que nos espera ahí afuera. Una familia no se hace sólo para sí misma. Un matrimonio que crece sólo hacia adentro y cuyo testimonio del amor no revierte hacia afuera… deja algo demasiado importante sin hacer.

Es verdad que en una familia, en la pareja, cada uno tenemos nuestro propio camino personal, nuestra historia, nuestros compromisos, nuestra lucha, nuestra manera de testimoniar a Jesús Resucitado. Es cierto. Pero cuando aparece la familia, esa misión mía ya no es sólo mía, como sucede con todo cuando aparece el matrimonio. Y a partir de que nuestras manos se entrelazan, cada uno de los cónyuges participa de manera privilegiada en todo lo que el otro es y hace, incluyendo su misión, su vida comprometida con el Reino de Dios.

Es precioso afrontar los retos de la propia vocación, de la llamada, en pareja. Compartir juntos aquello que nos mueve a cada uno, las sendas que nos insinúa el Espíritu; sendas que ya no son recorridas sólo por uno o por el otro, sino por ambos. ¡El Espíritu no es tonto! ¡Y lo que suscita ya lo suscita para dos! Hablábamos en el anterior post de lo importante que es rezar juntos, visitar juntos el Sagrario… Pues bien, no menos importante es afrontar juntos la llamada a hacer, a acompañar, a predicar, a acoger, a enfangarnos con los últimos.

Dedicar tiempo hacia adentro, por supuesto. Dedicarnos tiempo en pareja, por supuesto. Dedicar tiempo a nuestros hijos, por supuesto. Pero, ¡también dedicar tiempo a los demás! No es una opción. Es más que una invitación.

Ojalá nos demos cuenta de la importancia de que nuestro amor conyugal sea signo de posibilidad, de oportunidad, de esperanza, de vida.

Un abrazo fraterno – @scasanovam

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