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Te veo preocupado, Señor…

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Entra la brisa por la puerta, siempre abierta, de tus amigos, Señor. El sol domina estas horas inciertas y aquí estamos, rodeados de cariño pero, a la vez, con una sensación desconocida que me asfixia por momentos.

No es la primera vez que venimos a Betania, a casa de Lázaro y sus hermanas, pero tu alegría, hoy, no es la misma que en momentos anteriores. Te veo preocupado, Señor. Tu mirada, ojerosa, sigue mirando con amor infinito a todo con el que se cruza pero, a la vez, está teñida de tristeza. Tu sonrisa no ha desaparecido, pero se ha suavizado y, entre nosotros, se percibe que esta Pascua no va a ser una más.

Dicen que en Jerusalén la gente está entusiasmada contigo. No es una novedad. Desde que le devolviste la vida a tu amigo Lázaro, hay muchos que quieren verte y conocerte. Ya sabes cómo somos las personas, nos encanta observar, comentar y conocer aquello que se sale de lo normal. Y tú, Señor, para muchos, no eres uno más. Estoy convencido de que no saben muy bien qué eres, quién eres, pero todos se dan cuenta de algo hay en ti que te hace diferente de los otros rabinos. Ayer, cuando llegaste montado en el asno, todo fueron vítores y alabanzas…

Te veo hablar con Marta y detecto en tus palabras cierto aire a despedida. Los otros no se han dado ni cuenta, pero yo sí. Desde que nos dijiste aquello de que el Hijo del Hombre debía ir a Jerusalén, ser tomado preso y… bueno, ya sabes, no soy capaz de dormir nada más que un ratito seguido. No lo entiendo, Señor. Si lo que yo me imagino tiene que acontecer, no lo entiendo. Ni lo acepto. Sencillamente, no puede ser. Tú has venido al mundo para acercarnos a Dios, para cambiar la vida de las personas, para traernos el Reino, para salvarnos a todos. ¿Qué sentido tiene lo que nos has dicho? ¡No tiene ningún sentido! ¡¿De qué serviría morir ahora Señor?!  Eso sería un fracaso rotundo…

El corazón me late con fuerza y está empezando a correr. Noto mi pecho palpitando y cierto sudor frío que empieza a llenar mi frente. Respiro agitadamente y parece como si la cabeza se me fuera por momentos. No puedo dejar de mirarte sin quitarme de la cabeza qué nos espera cuando volvamos a Jerusalén. Y no soy capaz de compartir todos estos pensamientos con ninguno de los demás. Juan es demasiado joven, a Judas lo veo ido y el resto, simplemente, sólo está pensando en la Pascua y en sus preparativos. Ni siquiera se les pasa por la cabeza que algo malo pudiera pasar…

Voy a cerrar los ojos. Necesito descansar y dejar de pensar. En poco tiempo, nos despediremos de tus amigos y presiento que, tal vez, no sea la única despedida.

Un abrazo fraterno – @scasanovam

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