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San José de Calasanz, un maestro en el santoral

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Me voy a permitir la licencia de hablar hoy de mi Santo, de San José de Calasanz, aragonés de nacimiento y romano de sentimiento, que allá por los comienzos del siglo XVII encontró en Roma la mejor manera de servir a Dios, a la Iglesia y a la sociedad, creando las primeras escuelas populares y dejándose la vida para que cualquier niño, especialmente los más pobres, pudiera ser educado en letras y en espíritu.

Ser hijo de Calasanz y haber entrado en una de sus escuelas (Colegio Calasanz de A Coruña, Galicia, España) desde los seis años marcó definitivamente mi propia vocación y, desde antes de terminar mi Bachillerato, supe que Dios me quería a mí también en la escuela. Lo supe por intuición, lo supe por sentimiento, lo supe por emoción y lo supe por los dones que se me habían regalado desde el cielo. Siempre quise ser maestro.

Después de un arduo camino trabajando en la empresa privada, desde el año pasado gasto mi vida como Calasanz, en la escuela, y soy el hombre más feliz del mundo dándome en aquello para lo que Dios me ha soñado. Veo en cada niño un tesoro que merece la pena cuidar, pulir, dar a conocer, proteger y desarrollar. Confío en los niños y en sus familias, tengo esperanza de que el mundo vaya mejor con ellos e intento no desfallecer cuando la burocracia educativa ensombrece la emoción vocacional.

Después de años leyendo y profundizando sobre la figura del Santo, creo que con lo que más me siento identificado es por su amor y su relación con el Espíritu, con esa brisa que viene y que uno no sabe de dónde ni adónde va, ante la que hay que estar atento no vaya a ser que pase sin dejar fruto alguno. Ese fino discernimiento de la realidad y de los acontecimientos, ese susurro de Dios imposible de explicar, que uno escucha a veces con tanta claridad; esa capacidad para dejarse llevar, confiado, sabiendo que el Padre cuida y guarda… Así vivo yo también todo esto.

Calasanz supo ser testigo del Señor y, como buen testigo, conoció la primavera y también la dureza extrema de la cruz. No hay otro camino, por mucho que nos empeñemos. Y hoy también me quedo con eso, en medio de fiestas y celebraciones varias en todos los colegios escolapios del mundo: pedir al Señor fidelidad en el camino y fuerza para aguantar cuando las sombras lleguen y tienten.

Un abrazo fraterno – @scasanovam

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