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¿Rezar es útil? ¿Y si la respuesta es no?

21 Apr 2006, Evora, Portugal --- Carthusian monks pray in the refectory during Holy Thursday at the Santa Maria Scala Coeli Monastery in Evora, southern Portugal. Saint Bruno was the founder of the first Monastery called 'The Chartreuse' in 1084 in Grenoble, France. --- Image by © Nacho Doce/Reuters/Corbis
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¿Rezar es útil? Algunas veces me hago esta pregunta, teniendo en cuenta que la sociedad en la que vivo tiende a aplicar a todo una medida de “utilidad”. Tenemos asumido que ya no pervive el más fuerte, como en tiempos del paleolítico, ahora pervive lo más útil y lo que no es útil pues… se aparta a un lado.

Todo se mide por su productividad, por sus resultados, y va calando en nosotros la idea de que esto tiene su lógica. Es como si hubiera desaparecido de nuestro cerebro el convencimiento de que muchas cosas pasan por el corazón y nos hacen bien sin necesidad de ser útiles. Y así vamos organizando nuestros días, los laborables y los festivos, porque hasta el tiempo libre, hoy, tiene que estar organizado y valer para algo. Yo lo veo en mis hijos que, cuando les hablas de salir a pasear, enseguida preguntan a dónde y por qué y cuánto tiempo y si va a haber columpios… como si pasear, simplemente pasear, no fuera una actividad beneficiosa en sí misma. Y así con tantas cosas.

El problema es que no sólo desechamos cosas cuando dejan de ser útiles sino que aplicamos la misma ecuación a las personas. Por eso tenemos los problemas que tenemos en este sistema nuestro que, pensamos, es inamovible. A los trabajadores se les trata como máquinas en muchos casos y cuando su productividad cae pues… a la hoguera. A las máquinas se las puede apagar y reiniciar pero ¿es tan fácil con las personas? Obviamente no. He aquí el drama. Y fuera ya del ámbito laboral, en el ámbito social, ya hemos arrinconado hace tiempo a los ancianos. Los metemos en residencias pulcras y funcionales pero sin alma ni corazón ni calor familiar. Ya no valen. Y con los niños estamos empezando a pasar la apisonadora. Hoteles sin niños, viajes sin niños, vagones de tren sin niños… Un niño no es útil así que ¡fuera! Y en términos de reproducción pues ¡ale! ¡Sin niños! Que uno prefiere viajar y disfrutar la vida lo que pueda, que el futuro es muy incierto… Y los jóvenes que no entran por el aro, ¡fuera con ellos! Luego diremos que la juventud se ha perdido, que no tiene sueños, que está enferma…

¿Y la fe? ¿Qué pinta la fe en este mundo de utilidades y estadísticas? Pues no hace falta más que levantar la cabeza. Rezar, por ejemplo, pues útil, lo que se dice útil, pues no es. Porque en ese tiempo, ¡anda que no puedo hacer cosas! Puedo trabajar, planchar, llevar a los niños a las extraescolares, estudiar inglés, aprender robótica, etc. actividades, sin duda, mucho más útiles.

Creo que hace falta que un grupo de rebeldes, osados y algo dementes, plante cara a esta dictadura de la utilidad. Y empecemos a optar por eso que no sirve para nada pero que hace crecer nuestro espíritu. Volvamos a pasear, y a leer sin prisa, y a rezar, y a cortejar, y a conversar, y a tumbarnos en la hierba o en la arena, y a sentir el aire sobre nuestros rostros, y a estudiar aquello que nos apasiona, y a vivir con menos pero mejor.

No es este un ejercicio de nostalgia ni de romanticismo ni de tradicionalismo carca. Yo creo que es, sencillamente, un ejercicio de sentido común, sentido éste que empieza a estar en desuso por no ser lo que se dice “útil”…

Un abrazo fraterno – @scasanovam

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