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¿Quieres que Jesús venga a tu vida?

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Venga. Hazte la pregunta. Háztela. Sé valiente. 

¿Quieres que Jesús venga a tu vida?

La respuesta a esta pregunta tan sencilla es, sencillamente, crucial. Nadie en su sano juicio dejará aquello que tiene entre manos, sus seguridades, sus amores, sus anhelos, sus sueños, sus comodidades, sus afectos, por salir al camino y emprender una marcha de final incierto, en busca de un tal Jesús que, dicen, viene a salvarnos. ¿A salvarnos de qué?

El camino del Adviento es un camino que se hace a base de deseo, de necesidad. Sin desear que Jesús venga a tu vida, sin reconocer que lo necesitas para ser plenamente feliz… no vas a emprender un camino que se antoja difícil, arriesgado, en medio de la oscuridad, y que termina dicen en una frágil pequeñez que, a ojos de la lógica, nada tiene que ver con lo que crees que es aquello que colma tu vida.

¿Cómo andas de deseo de Jesús? ¿Cómo andas de necesidad? ¿Le necesitas o no? ¿Te bastas por ti mismo para alcanzar aquello que colma tu corazón, tus sueños más profundos? Mírate. Jesús de Nazaret, Dios hecho hombre, Dios entre nosotros, sólo es buena noticia si le reconoces como tal. Porque sin deseo y necesidad… Jesús puede resultarte un escándalo, un insulto, una burla divina, el mayor de los fraudes y los fracasos de la historia.

Esta pregunta que hoy te lanzo, es la protagonista del comienzo de mi Adviento. Porque yo soy de los que piensan, en el fondo, pese a que rezo mucho, voy a misa, parezco muy bueno y muy centradito, que puedo solo. Confío en mi capacidad, en mis fuerzas, en mi intuición, en mi profundidad, en mi formación, en mis dones… Todo esto, que es bueno y maravilloso, regalo de Dios, tiene una trampa escondida que, cuando el castillo de naipes se me desploma en parte, llego a atisbar y reconocer.

Lo que me propone el Señor este año, una vez más, es una fragilidad máxima, una pequeñez absurda, una oscuridad envolvente, una ilógica historia de desprendimiento, un lugar desprotegido, un nacimiento y un encuentro en las afueras de mí mismo, lejos de las posadas que yo mismo he blindado, al calor de mis logros y mis éxitos. El Señor me llama a salir, a pasar frío en el camino, a buscar en la oscuridad porque me sé necesitado, a dejar de ser yo mi propia buena noticia, a dejar de ser yo la buena noticia que presento a los demás.

Él está ahí, esperándome, esperándote. Siempre lo está. Tan imperceptible, tan humilde, tan necesitado de mí y de ti… que abruma saberse parte del acontecimiento que lo cambia todo.

Yo quiero. Sí, quiero. Me pongo en camino. ¿Vienes conmigo?

Un abrazo fraterno – @scasanovam

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