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¿Qué le preguntarías a Dios?

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Getty Images/Design Pics RF
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Llegué a la redacción y así, sin mediar palabra ni buenos días, mi jefe me dijo: “Casanova, coge tu grabadora y marcha cuanto antes hacia el cielo. Vas a entrevistar a Dios en primicia. Sólo ha concedido una entrevista, y ha sido a nosotros. No desperdicies la ocasión”. Cogí un taxi, que me llevó a un pequeño santuario a las afueras de la ciudad. Allí, sorprendido, un joven apuesto, de cara dulce, me acompañó al interior de una pequeña estancia, a la derecha según entramos, subiendo unas escaleras. La estancia parecía vacía, deshabitada. El joven me hizo sentar en una silla, frente a una mesa con lápiz y papel.

  • Escriba diez preguntas, Sr. Casanova. Dios las responderá una a una.
  • Pero, ¿dónde está Dios? Aquí no hay nadie. Me habían dicho que le iba a entrevistar.
  • Dios está aquí, pero no como usted se imagina. A Dios nadie le ha visto jamás. No pensará ser usted el primero…
  • No, no… por supuesto que no… entonces…
  • Escriba con libertad. Dios se compromete a responder con verdad.

Así que, algo sorprendido y ciertamente decepcionado, me dispuse a lanzar mis preguntas. El jefe no me había dicho que había un número pactado y ese pensamiento me llenó, al instante, de sobrecogimiento. ¿Qué preguntar a Dios? No sólo eso… Siendo esta la única entrevista concedida por Él, yo era, en realidad, el representante de toda la humanidad. ¿Qué diez cosas querría todo hombre preguntar a Dios? ¿Era mejor obtener y asentar posibles certezas o resolver y despejar dudas? ¿Era mejor optar por preguntas metafísicas, resultadistas o personales? El sudor comenzaba a caerme por la frente. Sabía que el tiempo era limitado y que irme de allí sin tan siquiera ser capaz de plantear una pregunta al menos, eso sí era un auténtico fracaso. No podía volver con las manos vacías. De manera instintiva cogí el móvil y lancé una pregunta por twitter y facebook en busca de ayuda: “Si pudieras hacerle una pregunta a Dios, ¿qué le preguntarías?”. Mis amigos y seguidores comenzaron a contestar: que si me quieres, que si te sientes querido por mí, que si qué quieres de mí, que si el dolor es redentor… ¡Buf! Casi había sido peor abrirlo a la gente. Comprobé que había mil posibles planteamientos y opciones y todas ellas importantes… Estaba hecho un lío…

El joven apuesto que me había acompañado hasta allí apareció de nuevo. Supe que mi tiempo se acababa. Con voz suave, y un papel en la mano, me dijo:

  • Dios quiere hacerle una pregunta a usted – me dijo entregándome un papel.

Lo abrí tembloroso y me encontré con una pregunta en negrita, en letras mayúsculas: ¿ME QUIERES?

Cuando llegué a casa, me tumbé en la cama, abatido. Mi jefe me había despedido y todo había fracasado. Pero no era eso lo que me inquietaba. Lo que me turbaba el corazón era la sensación de haber descubierto que, tal vez, no importan tanto las preguntas a Dios sino una única respuesta, la mía; una respuesta que no fui capaz de responder en el momento. Dios sigue esperando mi contestación. ¿ME QUIERES? Esa es la respuesta que cambia la historia, pese a nuestra ansia de resolver los mil enigmas de la existencia…

Un abrazo fraterno – @scasanovam

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