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Preguntas para valientes que quieran escuchar

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Querido amigo, querida amiga,

permíteme la osadía de preguntar: a ti, ¿quién te escucha? ¿Te sientes escuchado, escuchada? No me respondas inmediatamente, piénsalo. ¿Quién te escucha? De verdad. ¿A quién le interesa lo que tienes que decir? ¿Hay alguien al otro lado?

Sé que la pregunta es incómoda.  No es la primera vez que te respondes lo que justamente deseas, no lo que realmente vives o sientes. Incomoda encontrarse con la respuesta inadecuada. Porque, ¿qué hacemos si tu respuesta es NO? ¿Qué hacemos si no te sientes escuchado? ¿Qué hacemos si crees que a nadie le interesa lo que tienes que decir? Eso mismo te dices tú muchas veces, ¿a qué sí? Tiras para adelante y esperas, esperas que eso que anhelas, algún día, llene tu corazón y ponga algo de color a una vida que, hoy, te sigue pareciendo demasiado gris.

Si en el nivel de incomodidad todavía es asumible… tal vez te animes a afrontar una nueva pregunta: ¿tú te escuchas? ¿Seguro? ¿Conoces el grito que te brota del alma, desesperado, pidiendo ayuda? ¿Conoces el susurro de la vocación dormida, que está ahí desde hace tiempo, y que vive aterrorizada pensando que no la quieres? ¿Conoces el latido de tu corazón, que se acelera allí y allá, cuando le ves, cuando le intuyes, cuando te preocupas, cuando la vida requiere que decidas algo y que lo hagas pronto? ¿Conoces el sonido del viento atravesando tu silencio, tu rincón desconocido, tu centro, tu diamante más valioso? ¿Te escuchas, o subes el volumen del ensordecedor entorno para escapar de las voces que, una y otra vez, llaman a tu propia puerta?

¿Y qué me dices del otro? Deambulas pensando que a nadie le interesas pero… ¿y a ti? ¿Te interesa alguien? ¿Escuchas el llanto callado de los niños a los que no dejamos nacer? ¿Te dejas atravesar por el chirriar de las gastadas bisagras de las puertas que cerramos en las narices de aquellos que escapan de la guerra, de la pobreza, del sinsentido? ¿Conoces el ruído inconfundible de cartones que se superponen y se doblan para arropar al que duerme al raso, sin techo donde refugiarse? ¿Afinas el oído para brindar ayuda a ese o a aquella que, sin hablar, suplica un abrazo sólo con su mirada ojerosa, triste y perdida? ¿Cómo suenan las llaves del que entra a casa sin trabajo? ¿Cómo suena el desgarro de una mujer maltratada? ¿Cómo suena el balbuceo del niño que no se atreve a contar el abuso, la persecución, el olor a alcohol permanente de su casa? ¿Y si comienzas por ahí? ¿Y si eso que quieres que escuchen de ti, se empieza a hacer presente escuchando…?

Y Dios… ¡cuánto te quejas de que Dios no te escucha! Y sin embargo, Él espera cada mañana a que te decidas a hablarle de ti… Protestas porque nada de lo que le has pedido, se te ha concedido… Aunque sea así, si quieres que te diga la verdad, eso no es querer un Dios-escuchante sino, más bien, un Dios-esclavo.

Escuchar. Escucharte. Escucharnos. EscucharLE.

Un abrazo fraterno – @scasanovam

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