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¿Por qué un Via Crucis?

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El camino de la cruz… es el camino. Es verdad que muchas veces decimos que hay tantos caminos hacia Dios como personas estamos sobre la faz de la tierra, pero nuestro Señor Jesús, con su vida, nos dejó bien claro que, irremediablemente, todos pasaremos por un tramo común: el camino de la cruz.

Esto pensaba yo estos días, haciendo el Via Crucis con los pequeños e intentando explicar su sentido, porque es fácil convertir la tradición en una excursión, más o menos piadosa, para sacar a la cruz a tomar un poco el aire y para mantener la tradición desde una perspectiva paradójica de “caminar” pero sin movernos del espacio cómodo que ya ocupamos cada uno.

  1. Jesús es condenado a muerte. Suele ser, en muchos Via Crucis, la primera de la estaciones. Es el triunfo de los intereses sobre el Bien. Es la victoria de la indiferencia sobre la Justicia. Es el golpe definitivo del miedo sobre toda Esperanza. Es la tentación del “sí, pero no”, del “no entiendo nada”, de la inquieta sensación de no comprender a un Dios que calla, incluso, ante su propia ejecución. Pilato no puede sernos indiferente porque corremos el gran riesgo de parecernos demasiado a él, por un lado. Y no puede sernos tampoco indiferente la actitud de un Jesús que acepta su misión hasta el final y que se entrega por amor, sin reproches, ante la injusticia de un poder civil, ciudadano, que le da la espalda y que saca lo peor de sí mismo.
  2. Jesús carga con la cruz y echa a andar. Acompañar a Cristo en los momentos más incomprensibles de su misión requiere, primero, contemplar sin entender. Nunca entenderemos ese amor tan grande, esa donación extrema, esa coherencia, esa obediencia, ese sufrimiento cargado de sentido y que, sin embargo, es un fracaso rotundo de Dios. ¿Será esa tal vez la cruz más difícil de llevar? El fracaso rotundo de Dios… ¿hay algo más duro, más aterrador, más sobrecogedor? Contemplar sin entender… ante la tentación de la respuesta fácil, de la respuesta argumentada ante lo que no cabe argumento alguno.
  3. Jesús es despojado de sus vestiduras. Nada le queda. Nada se queda para sí. Es el modelo de quién se da por entero y ahí radica su secreto y su enseñanza final. Interpela la desnudez de Cristo en el madero. Interpela por su “nada”, por la “ausencia”, por su insultante transparencia y generosidad. En un mundo en el que muchos tenemos tanto… avergüenza la falta de todo y nos recuerda que, más allá del mar, de la frontera, de la montaña, viven todavía hermanos nuestros que, como Jesús, viven despojados de toda dignidad. A Jesús se le arrebata. A ellos también se la arrebatamos… para luego repartirnos a suertes los beneficios…
  4. Y María, cuando llega el momento, acoge a su Hijo entre sus brazos, muerto. María siempre está. No hay cruz donde María no esté, no espere, no fije su mirada, no sufra acompañando, no tienda sus brazos para recibirnos yacientes, muertos, heridos, desangrados, consumidos… En su abrazo se anticipa la victoria final. En sus lágrimas se condensa todo el sufrimiento de Madre y de ellas brotará la semilla de la Vida de nuevo.

El camino de la cruz. El indeseable camino de la cruz. El obligado camino de la cruz.

Un abrazo fraterno – @scasanovam

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