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¿Por qué a veces parece que no estás, Señor?

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Querido Señor,

El otro día hablaba con tus amigos de esas ocasiones en las que parece que no estás. Fue una conversación interesante porque siempre parece que la culpa es nuestra, que dejamos de sintonizarte, que nos extraviamos, que tenemos tapados los ojos y sordos los oídos; pero yo creo que tú sabes que es que nos cuesta aceptar que en ocasiones Tú decides no estar… A ver, sí estás, claro, siempre estás, pero tan silencioso, tan quieto, tan distante… que es como si no estuvieras.

Hay gente que niega esto. Ellos se niegan a creer que Tú puedas estar en silencio, contemplando lo que nos pasa y decidiendo no actuar. Ellos gritan “sí que actúa, sí que habla, sí que se muestra” … porque lo contrario, tal vez, les obligaría a cambiar la imagen que tienen de Ti. Porque Tú, Señor, eres Padre, Abbá como te llamaba Jesús, pero también eres Dios, no dejas de serlo, inabarcable, incomprensible tantas veces, insondable, rodeado de misterios que tus hijos no alcanzamos a comprender… Tú, Señor, todo lo puedes menos romper las reglas del mundo que Tú mismo has creado.

No aceptamos un Dios silencioso. Algunos dicen querer un Dios justo aunque yo creo más bien que querrían un Dios justiciero. Algunos dicen querer un Dios que extirpe el mal del mundo sin darse cuenta de que es pedirte, Señor, que nos quites el regalo más preciado que nos diste desde el comienzo: la libertad. Algunos dicen querer un Dios más visible aunque yo creo más bien que querrían un Dios manipulable. Algunos, Señor, quieren enseñarte a ser Dios… tal vez porque ellos han hecho de Ti una idea, un concepto, un producto, una ensoñación y es a eso a lo que adoran…

Tú, Señor, eres el alfa y el omega, el Señor de la Historia, que no conoce la finitud ni del tiempo ni del espacio. Tú eres el Dios de nuestros padres, que nos liberó de la esclavitud y que vio, también, cómo nos dábamos la vuelta ante la Tierra Prometida. Tú eres el Dios de la Promesa y de la Alianza. Tú eres el Dios que se encarnó y que quiso hacerse uno de nosotros y que escribió su palabra más hermosa en la experiencia de la Cruz y de la Resurrección. Tú eres tan grande y yo tan pequeño…

Yo voy aprendiendo a quitarte máscaras falsas que yo mismo te he puesto, Señor. Yo voy aprendiendo que tu misericordia nada tiene  que ver con el éxito, el bienestar, la paz, la ausencia de sufrimiento… sino más bien todo lo contrario. Tu misericordia no está tan preocupada en hablar como en sostener, en acariciar, en poner nuestras entrañas en contacto con las tuyas.

Sí, Señor, a veces estás en silencio. Sí, Señor, a veces parece que no estás. Y aún así Tú no dejas de mirarnos y de abrazarnos con ternura. Esto, Señor, no se comprende. Esto, Señor, se experimenta.

Un abrazo fraterno – @scasanovam

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