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Pequeños ante el mundo, grandes ante Dios

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Ya se terminó el campamento donde estuve sirviendo la última semana. Fueron siete días llenos de alegrías, sorpresas, cansancios, detalles, relaciones… Llego a casa con el corazón lleno de amor y de agradecimiento y con la sensación de haber servido y, a la vez, de haber dado un paso más en mi crecimiento espiritual. Y digo crecimiento aunque en realidad debería decir decrecimiento. Me explico.

Creo que he crecido empequeñeciendo. ¿Es esto posible? Y tanto. Es, tal vez, lo deseable. Es hacer vida eso de que los últimos serán los primeros. Es sentir que uno crece espiritualmente, como seguidor de Jesús, cuanto más pequeño se sabe, cuanto más deja hacer a Dios y menos depende de uno, cuanto más deja en manos de Dios y menos en los planes de uno, cuanto más se sorprende uno con los milagros de Dios y menos espera que las cosas salgan según lo establecido. Uno está más cerca de Dios cuando siente que lo necesita más, que lo quiere más, que tiene más miedo de separarse de Él, que menores son fuerzas y, por tanto, más auténtica es la plegaria para que Dios haga lo que ya no está en la mano de uno.

Durante estos días con chicos y chicas de 14 años, me he encontrado con personas que me han dicho que se sienten pequeñas. Me lo decían con temor, entre vacilantes palabras, como si lo que me estaban diciendo fuera un defecto, una carencia… Yo, que siempre suelo pecar de autosuficiencia y de soberbia, encontré en las conversaciones con estos jóvenes una auténtica bofetada a mi “grandeza”.

No sé si es bueno o malo sentirse pequeño. Creo que no es bueno si eso denota una autoestima baja y ese sentirse pequeño es más sentirse poco valioso que otra cosa. Pero, sin duda, tampoco es bueno excederse en la estima y la valía que uno tiene por sí mismo. Te aleja de la realidad final en la que, como criatura, uno lo debe a su Creador. Lo que sí sé es que el camino del cristiano le lleva inexorablemente a saberse pequeño ante la grandeza de Dios, la grandeza de la Cruz, la grandeza de la Luz, la grandeza de la Fuerza, la grandeza de la Fe, la grandeza de la Verdad y de la Vida que se presentan en el horizonte creyente.

Al mundo lo salvan los pequeños que, día a día, ponen todo lo que son y lo que tienen en manos del Señor y salen ahí afuera a vaciarse, a darse y a consumirse por los demás, aún sin saber cómo lo hacen. Es el milagro que el Señor obra en los corazones que lo anhelan y lo aman.

Un abrazo fraterno – @scasanovam

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