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¡OFERTA! Refugiado por 250.000 euros…

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Europa tasa en 250.000 euros el precio de no aceptar a una persona que pida asilo en un país de la Unión. Parece que irremediablemente, en este mundo que hemos creado, todo tiene que ser traducido a valor monetario. Hasta las personas y su dignidad, su derecho a buscar un lugar donde vivir donde no caigan bombas, tienen un precio.

Dicen los expertos que es una cantidad prohibitiva para cualquier estado miembro. Nadie puede asumir pagar esa cantidad por cada petición de asilo denegada, pero el hecho grave, finalmente, es que tasamos a los que vienen a nosotros en busca de ayuda.

La cantidad en sí misma, ¿refleja pues lo que vale esa persona y sus circunstancias y necesidades? ¿Tiene precio el sufrimiento? Conozco pisos más caros en el barrio de Carabanchel, en Madrid.

No sé hasta cuándo vamos a seguir soportando hechos como éste. Lo leemos, nos escandalizamos y pasamos la página del periódico. ¿Cuánto vale nuestro silencio? ¿Qué precio tiene nuestro miedo? ¿Cuántos euros vale nuestra seguridad, nuestro bienestar, nuestro statu quo, al que no queremos renunciar, por muy buenas intenciones que tengamos? ¿Dónde están los pastores en cada diócesis llamándonos a la movilización y siendo molestos con los gobernantes y poderosos? ¿Dónde estamos los que leemos el hijo pródigo, el samaritano y el resto de parábolas del Evangelio, con piedad y pasión? ¿Dónde están, se preguntarán estos  hermanos nuestros que conocen el sabor de la indiferencia?

Es verdad que, siendo justos, hoy, mañana y ayer, muchas personas de a pie e instituciones como Cáritas, se vacían y se desvelan dando de comer al hambriento, vistiendo al desnudo, visitando al enfermo y al preso, ofreciendo techo al desvalido… y eso sin poner precio, sin tasar, sin generar gráficos, calcular costes y repartir esfuerzos. Las personas somos más que todo eso. Somos lo que nos habita, somos el sufrimiento vivido, el futuro que está por nacer, los sueños que nos sostienen, la mirada sufriente de una familia que nos sigue… ¿Cómo poner límites a algo que nos los tiene, porque tiende a Dios, al infinito? ¿Por qué tratar como objetos de cambio a seres humanos, como mercancías, como virus, como epidemias, como crisis sin más?

En el origen de todo, al final, vive el Dios dinero. No podemos servir a dos señores a la vez. Tenemos que elegir. Yo el primero. Y tú. Y luego alzar la voz y denunciar. O nada cambiará.

Un abrazo fraterno – @scasanovam

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