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No soporto la queja

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Una de las cosas que menos soporto es la queja, sobre todo la de aquellos que se acogen a ella permanentemente y la de aquellos que no tienen motivos para acogerse a ella. Me descentra, me enfada. Estamos hartos de enseñar las virtudes más comunes a nuestros hijos: la justicia, la caridad, la paciencia, la bondad… ¿Pero qué pasa con la capacidad de ser agradecido?

Reconozco que cuando en casa se dan situaciones de queja sin justificación, que son la mayoría, pierdo los nervios. Ver cómo uno da la vida por sus hijos, supedita todo su día a ellos, piensa en planes y en opciones para que disfruten y sean felices, piensa en una buena educación, en experiencias que los hagan crecer… y luego comprobar que, según ha terminado todo, alguno se queja por la menor de las nimiedades… ¡Uf! No sé si le pasa a más gente pero reconozco que sale una versión rebelde de mí mismo, que brota de lo más hondo.

Ser agradecido tiene mucho que ver con la mirada. Educar en la mirada es uno de los grandes favores que le podemos hacer a nuestros hijos. Porque si uno sabe mirar bien, es capaz de reconocerse y de ver más allá de sus paredes, de su entorno, de su mundo, de su ombligo. Ambas cosas son necesarias: reconocer lo bueno que uno tiene, lo bueno que le ha sido dado, lo bien que va su vida, los gestos diarios que llenan el corazón… y luego ser capaz de mirar más allá de las fronteras de mi familia, mi colegio, mi grupo de amigos, etc. y comprobar cómo el sufrimiento existe aunque yo no lo sienta, cómo la pobreza campa a sus anchas aunque yo no la conozca, cómo el desamor y la maldad y el infortunio y la enfermedad… son cotidianos en otras vidas distintas a la mía.

La mirada se educa desde pequeño y todos los días. Es algo constante que no necesita esperar a la conciencia total sobre lo que me rodea. Es irle contando el mundo a nuestros hijos desde que son bebés. Es narrar sus vidas y las de los demás. Es no tener miedo de mostrarles lo bien que viven, en muchas ocasiones, y de mostrarles que ahí afuera existe el dolor. No les hacemos daño, al revés. Lo necesitan. Es terrible comprobar cómo hay jóvenes que llegan a sus 15 años y son incapaces de detectar que hay aspectos en el mundo que necesitan ser cambiados. Es terrible comprobar cómo hay jóvenes que acaban con sus vidas por no ver en ellas más que basura y desaliento, porque son incapaces de ver el amor, la amistad, la oportunidad, todo lo que le ha sido dado…

Ayer vi al Papa caminar entre los refugiados de Lesbos y me sentí tremendamente agradecido: de poder ver lo que estaba viendo, de no ser uno de ellos, de sentir cómo me dolía el corazón y de saberme llamado a participar en la solución. Agradecido de, pese a todo, seguir creyendo en el mundo y conservar la esperanza. Mañana intentaré que mis hijos sean partícipes de todo esto, intentaré que miren y que se miren y que de ellos brote un agradecimiento que les lleve a un crecimiento en su compromiso con la construcción del Reino de Dios. Porque, al final, de eso se trata ¿no?

Un abrazo fraterno – @scasanovam

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