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No sé estar solo

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Acabo de tener una discusión con mi hijo pequeño, el de seis años, porque cada vez que sus hermanos tienen algo que hacer, él no quiere jugar solo. Sólo cuando vio que me llevaba los juguetes de su habitación para deshacerme de ellos ante su falta de uso, ha reaccionado.

Lo cierto es que creo que ser el tercero no es fácil, sobre todo en este momento en que sus hermanos mayores empiezan ya a tener otros intereses y otros entretenimientos. Él ha crecido acostumbrado a estar con sus hermanos, a jugar con ellos, a contar con ellos para pasar el día, para entretenerse, incluso para conocer, para aprender y para descubrir sus propios límites. Pero tiene que aprender a estar solo, a jugar solo.

La soledad no es algo que muchos mayores llevemos bien. Yo también he tenido que aprender a estar con ella. Normalmente, cuando me quedaba solo en casa porque mi mujer se iba de viaje o, ya posteriormente, cuando se iba con mis hijos a la sierra y yo me quedaba a trabajar, acababa llamando siempre a alguien para quedar, para cenar, para hablar… En aquel tiempo, detecté que no era capaz de estar solo y tuve que obligarme poco a poco. Soledad e incluso silencio. Estar, leer, pensar… sin nada que me entretuviera o me proporcionara un placer que me despistara. Por eso entiendo a mi hijo. Porque estar solo es un aprendizaje para los que siempre estamos rodeados de gente.

Luego viene el tema de la imaginación y la creatividad que, según dicen los expertos, está bajando en los niños que han incrementado el uso de la tele o de los dispositivos digitales. Juan es, de los tres, el que más tele ha visto sin duda, porque ha empezado antes que los otros dos y porque siendo cinco en casa, la tele ha servido muchas veces de entretenimiento fácil para que mi mujer y yo pudiéramos llegar a todo. Creo que eso pesa también. Estamos intentando, ahora que está aprendiendo a leer, que se aficione a la lectura, como el mayor, porque la lectura cura mucho de estos males. A ver si lo conseguimos.

Lo que tengo claro, por último, es que los papás no podemos ser los solucionadores de problemas de nuestros hijos, ni su stand de entretenimiento, ni su anestesia perfecta ante su incapacidad de conseguir algo. Al revés, tenemos que ayudarles a que se enfrenten a sus dificultades, a sus limitaciones, a sus oscuridades. Siempre estando, siempre acompañando, siempre animando… pero nunca usurpando su papel, su decisión, su necesidad. Mientras no hay necesidad, no hay solución. Que se aburra un rato, que piense, que no sepa que hacer, incluso que se sienta algo mal… no pasa nada. Eso cultiva su interioridad y la va a necesitar cuando la vida vaya trayéndole nuevos retos. Ojalá para entonces, su mundo interior esté plenamente desarrollado…

Un abrazo fraterno – @scasanovam

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