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Mi oración ante la Cruz

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No me es fácil, Señor, aceptar esa cruz que nos presentas como camino. No me es fácil. No me es fácil ni atractiva ni grata. Me resisto Señor… detecto que me resisto.

Veo a otros, hermanos y amigos, rezar con tanta facilidad delante de la cruz… que me asombra y, a la vez, me incomoda. Me descentro y empiezo a pensar lo poco consciente que es la gente cuando habla del amor, del madero y de la salvación con tanta ligereza y ardor. ¿O seré yo tal vez, Señor? ¿Seré yo que, como Pedro, sigo sin entender por qué es ese el camino?

Soy uno de tus amigos, Señor. Lo soy, de veras. Te quiero e intento, día tras día, encontrar tu voluntad y ponerla en práctica. Poco me cuesta cuando tu voluntad es de mi agrado… poco me cuesta cuando, pese a ir contracorriente, encuentro en ella la felicidad. Pero ¡ay Señor! Que no me hablen de sufrimiento, de dolor, de cruz… porque entonces el miedo me atenaza, un nudo en la garganta me ahoga y mis pies comienzan a caminar hacia atrás.

Soy demasiado poco, Señor. Creo que eso lo sabes Tú ya. Demasiado frágil pese a mi aparente fortaleza, demasiado flojo pese a mi aparente valentía, demasiado vulnerable pese a mi aparente consistencia.

Pese a todo, Señor, pocas acciones me resultan tan hondas como abrazar tu cruz, arrodillarme y cogerme fuerte a ella. Mi corazón encuentra en ella sosiego, seguridad, fuerza. Me gustaría aceptarla mejor pero, al menos, Señor, quiero abrazarla. La abrazo con la esperanza de que sintiéndola entre mis brazos, sintiendo su desnudez y su recio silencio, Tú me concedas la gracia de saber llevarla.

Me siento mediocre, Señor, mediocre y cobarde. Es lo que hoy te puedo ofrecer, no tengo más. Me canso tantas veces de mi mismo, de mi miseria sin fin, de mi pecado reiterado, de mis caídas que llegan sin encontrar resistencia muchas veces… es el cansancio del que quiere y, tantas veces, no puede…

Miro la cruz y te contemplo en ella y, año tras año, crecen en mí las ganas de llorar amargamente, como Pedro al cantar el gallo. Porque me encuentro tu amor, tu abrazo, tu sacrificio… porque me sé mirado, elegido, querido, redimido… y porque no sé muy bien qué hacer con ello. ¿Tengo que hacer algo, Señor? ¿O será que ya Tú lo has hecho todo? Si es así, ¿por qué nos seguimos empeñando en querer ser los protagonistas de la salvación?

Mi cruz no es la que me salva. He sido ya salvado por Ti. Sólo tengo que mirarte y aceptarlo… y eso, tal vez, es lo más difícil.

Un abrazo fraterno – @scasanovam

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