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La virtud del término medio para bien de todos

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“Por lo tanto, la virtud es un hábito, una cualidad que depende de nuestra voluntad, consistiendo en este medio que hace relación a nosotros, y que está regulado por la razón en la forma que lo regularía el hombre verdaderamente sabio. La virtud es un medio entre dos vicios, que pecan, uno por exceso, otro por defecto; y como los vicios consisten en que los unos traspasan la medida que es preciso guardar, y los otros permanecen por bajo de esta medida, ya respecto de nuestras acciones, ya respecto de nuestros sentimientos, la virtud consiste, por lo contrario, en encontrar el medio para los unos y para los otros, y mantenerse en él dándole la preferencia.”

El hábito del término medio. Eso es la virtud. No es una idea reciente y novedosa ésta, que aparece en “Ética a Nicómaco” de Aristóteles, allí por el siglo IV a.C. Pero no deja de ser un buen principio para cualquier ámbito de la vida en el que pretendemos dar pasos hacia nuestra propia felicidad y hacia la felicidad de aquellos que nos rodean.

También en la valoración moral de muchas acciones del ser humano, es este un principio que debe orientar en buena medida nuestras posturas y valoraciones. No pocas veces comprobamos en las redes sociales o en el diálogo más tradicional, la facilidad de muchas personas en resolver complejas problemáticas con una sencillez no sólo pasmosa sino también, ciertamente, peligrosa y contraproducente. La realidad no es sencilla. El diálogo ciencia-fe, necesario siempre y difícil siempre, es hoy más acuciante que nunca, con cerca del 70% de los científicos de todos los tiempos vivos, aquí y ahora, y con más avances científicos en los últimos 30-40 años que en los más de 20 siglos anteriores. Con una sociedad occidental secularizada, con pocos referentes, que vive cuestionando todo aquello que le ha dado estabilidad y que le ha permitido desarrollarse al amparo de certezas bajo la mirada del cristianismo. Y en pleno cambio de época. O de era. Aquí nos ha pillado.

El inicio y el final de la vida humana, el mayor de los bienes, está afectado por innumerables descubrimientos científicos que nos ponen delante de un buen número de situaciones que, hasta hace bien poco, era absolutas ensoñaciones. La realidad familiar y matrimonial también está impactada por un buen número de situaciones sobre las que discernir. Y la sociedad, la política, la economía… nos traen otro puñado nada despreciable de acciones, hechos, actitudes, decisiones… que bien merecen una sosegada y ponderada valoración moral.

Es bueno aceptar que no es fácil valorar moralmente mucho de los que sucede delante de nuestras narices. Es el primer paso para no resbalar. Aquellos que lo ventilan todo apelando a la ley, al siempre se ha hecho así, a una verdad poseída… no ayudan, bajo mi punto de vista. En una sociedad desnortada, la tentación evidente es aportar guías, faros, verdades absolutas, normas… pero el mundo en el que vivimos, nos exige ser capaces de escuchar, de dialogar, de buscar la virtud de la que nos hablaba Aristóteles. Porque se puede hacer sin traicionar a los principios que deben ser, estos sí, auténticos pilares sobre los que construir una mirada justa, verdadera y moral, encaminada a la salvación y la felicidad de toda persona.

Uno de estos principios es que la moral debe servirnos para salvar y no para condenar. Esta premisa, sencilla pero determinante, sí que es un punto de partida en el que situarnos. Si comenzamos aquí y nos formamos para ir creciendo en conocimiento, tal vez, y sólo tal vez, podremos ofrecer alguna luz en este mundo tan ensombrecido en tantos lugares.

Un abrazo fraterno – @scasanovam

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