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La tragedia de olvidarte de quién eres

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Ayer por la tarde me pasé por Letras Corsarias, una de las librerías que hace que el mundo todavía respire esperanzado. Cuando entras, eres capaz de percibir el aroma de las historias que valen la pena, que cuentan la vida de cada uno de nosotros en la piel de otro. El caso es que me decidí por tres libros que llamaron mi atención. Uno de ellos fue “La zanja” de Andréi Platónov, uno de sus libros más políticos, una obra maestra literaria del siglo XX que nos acerca a la trágica cotidianeidad de la Rusia stalinista.

El libro está plagado de palabras cargadas de un peso existencial que lo hace de difícil digestión. Envuelto por la bruma de la tristeza y de la ausencia de esperanza, nos va introduciendo en un agujero que da escalofríos. Y en ese viaje me encontré con una madre moribunda y una hija que, a su lado, la cuidaba en sus últimos instantes. La frase, a modo de herencia, que la mujer pronuncia en ese epílogo vital, me ha llenado de inquietud.

“Vete muy lejos de aquí y olvídate de ti misma, de quién eres. Así vivirás…”

Cada vez que la leo, los pelos se me ponen de punta. No se me ocurren herencias más dramáticas. Una supervivencia que no es vida; es más, la única manera de sobrevivir es justamente despojarse de todo aquello que eres. No pensar, no sentir, no tener opinión, olvidar tu historia, renunciar a la memoria, vilipendiar tus recuerdos, renegar de tus sueños, enterrar tus dones, crecer con la convicción de que no eres nada ni mereces nada, renunciar a ser amado y a amar, interiorizar la idea de que estás aquí por casualidad y de que tu vida es pura materia, sin sentido, sin valor, al servicio de una maquinaria que, contigo o sin ti, seguirá…

Jesús de Nazaret vino al mundo justamente a lo contrario. Tal vez por eso no es bienvenido en sociedades que exigen ese despojamiento personal. Jesús vino para poner en el centro a la persona, para dotarla de dignidad, para recuperar la dinámica de la relación, para salvarnos a cada uno, para enseñarnos una manera de vivir plena, con los brazos abiertos al otro, haciendo historia a nuestro lado y mostrándonos el rostro de un Padre amoroso que, al contrario que el sistema, nos conoce, nos llama por nuestro nombre y nos ama con ternura.

La cruz, pese a lo que tiene de pérdida, nada tiene que ver con esa herencia maternal tan terrible que nos narra Platónov. La cruz que nos pide tomar Jesús, junto a él, es la que surge de ser plenamente nosotros, la consecuencia de sabernos plenamente amados, el devenir probable del que decide no renegar de lo que es en verdad y dedica su vida al otro. La cruz que asume Jesús es justamente la que brota de la decisión de Getsemaní de no perderse a sí mismo, de ser fiel a lo que es, de llevar la Palabra hasta las últimas consecuencias.

Un abrazo fraterno – @scasanovam

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