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La invisible hermana muerte

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Siempre ahí. Presente. Al final del camino o en algún rincón del mismo. Tenaz y cabezota. Sabiéndose ganadora de una partida desequilibrada desde el comienzo. Y aún así, nosotros queriendo hacerla invisible.

Invisible es la muerte cuando no queremos mirarla a los ojos, y cambiamos el canal de la televisión cuando nos la lanza a la cara. Invisible es cuando la llamamos con otros nombres, más cuquis y exentos de lágrimas y tragedia. Invisible, cuando privamos a los niños de conocerla. Invisible, sobre todo, cuando vivimos como si no existiera.

Hoy he visto a mi hijo llorar con la muerte de una de nuestras cobayas, dos animalitos que comparten vida con la familia desde hace cinco años. Esta mañana, nada hacía predecir su inesperada marcha. Esta noche, de repente, la vimos tumbarse y despedirse entre convulsiones. Se fue. Y su compañera, que huele la muerte con más finura y trascendencia que nosotros, se quedó pegada a su cuerpo un buen rato, como para darle el aliento necesario para el último suspiro. Compartieron jaula y cuidados mucho tiempo. ¿Qué será ahora de ella?

Para terminar el día, entro a twitter y me entero de algo peor: se nos ha ido el periodista David Gistau, un grande de las letras en España, esposo y padre de cuatro hijos. Veo alguna de sus últimas entrevistas y leo alguno de sus artículos de opinión. Como padre, empatizo con él. Tenía miedo de marcharse demasiado pronto, por sus hijos. Cuántas veces he pensado yo eso también. Y esos niños, en este preciso instante, estarán aprendiendo de golpe cómo es una vida sin el padre que les engendró, que les vio nacer, que les sostuvo en brazos, que les contó cuentos, que les cambió pañales, que les curó heridas, que les enseñó a caminar y a ir en bici, que les animó con sus estudios, que compartió con ellos los mejores recuerdos de su corta existencia. Y su esposa, rota, estará preguntándose por qué a ella, por qué ahora, por qué él. Y se preguntará por qué, si existe Dios, asiste impasible al drama de una humanidad que, hoy, asiste atónita a la muerte de otro de los suyos.

Mañana, temprano, hombres y mujeres se despertarán con la intención de ir a trabajar. Vidas grises muchas de ellas. Matrimonios en el filo del precipicio. Adolescentes con miedo de enfrentar el mundo que no se lo pone fácil. Personas que todavía se preguntan si vale la pena jugársela. Te quieros que volarán de un lado al otro del globo y otros que morirán en silencio, esperando tiempos propicios para el amor. Y en el aire, la convicción de que la vida es eterna; la convicción de que la invisible hermana muerte no vendrá a vernos hoy.

No aprendemos. La muerte no es el enemigo. Es, simplemente, el equipaje que nunca se extravía en ningún aeropuerto ni en ninguna gasolinera. Siempre va con nosotros. Y gracias a ella nos recordamos, de tanto en cuando, que estamos obligados a hacer de nuestra vida algo maravilloso. Merecemos una vida de color, siempre en la cuerda floja, siempre llena de pasión y riesgo. Estamos obligados a enfrentar lo que nos viene, a abrir puertas y ventanas y dejarnos tocar por el sol, unos días, y dejarnos mojar por la tormenta, otros. Te quieros que no encuentran barreras ni temores ni silencios ni freno. Siempre es el tiempo propicio para amar. Porque una vida llena de amor es una vida que habrá valido la pena. Siempre.

Si hoy tiene que visitarnos la muerte, traguemos saliva. Tal vez será necesario llorar primero, despedirse y pensar qué bonito habría sido vivir un poco más y morir, sencillamente, de viejos. Pero luego, cuando el corazón vuelva a su sitio, miremos de frente a la hermana que viene a buscarnos. Estiremos la mano. Sonriamos. Es la hora de seguir caminando en un lugar mejor. Y, desde allí, coger perspectiva y cuidar a los que queremos, sin ataduras ya, hasta que volvamos a encontrarnos. La eternidad, entonces, será el paraíso; la promesa cumplida, el fin de este trayecto lleno de contratiempos.

Un abrazo fraterno – @scasanovam

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