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La corrupción y nuestra mediocre respuesta creyente

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Es curioso que nada más terminar la Semana Santa, nos encontremos en España con un nuevo caso de corrupción política que, por lo de pronto, ha comenzado con el expresidente de la Comunidad de Madrid en la cárcel y acusado de un buen número de delitos. Tremendo. Es tremendo el hecho como la sensación de que nos hemos acostumbrado a la podredumbre. Nuestras pituitarias ya se han hecho al tufo maloliente de aquellos que han utilizado cargos e instituciones públicas para lucrarse, para desviar fondos, para hacerse más ricos, más poderosos… Qué pena damos unos y otros.

Vivir acostumbrado al mal olor requiere un pañuelo mojado en amoníaco cerca de la nariz y de manera urgente. Tenemos que despertar. Como ciudadanos, y también como católicos, debemos alzar la voz y denunciar los excesos, los delitos. Alzar la voz en nuestras familias, en nuestras asociaciones, en nuestras parroquias, en nuestras escuelas, en nuestras redes sociales, en nuestros entornos laborales… ¿Dónde está la dureza creyente, tan decidida y beligerante con otros asuntos? ¿Dónde está el dedo señalador de Jesucristo ante los mercaderes y los cambistas de nuestra sociedad?

La Iglesia no sólo tiene una doctrina moral sino también una doctrina social, ambas íntimamente relacionadas y sustentadas en la Cabeza del cuerpo, en Jesús. ¿Por qué uno sigue viviendo con la difícil sensación de que a veces “colamos un mosquito y nos tragamos un camello”? ¡Basta ya!

La Resurrección de Jesús no deja de tener un componente socio-político de primer orden. Quién ha sido resucitado no es un muerto más, no es un muerto cualquiera. El Resucitado, Jesús, fue una víctima, injustamente juzgada y ajusticiada por los poderosos de su época, por aquellos que controlaban un sistema que oprimía y descartaba a muchos y que ejemplarizaba la “perfección” y la “pureza” de unos pocos. Dios se pone del lado de los oprimidos, de los pobres, de los descartados, de las víctimas, de aquellos que sufren la injusticia de un sistema diseñado para que unos pocos se perpetúen en sus lugares de privilegio.

Todos hoy asistimos estupefactos a un nuevo capítulo de cloaca política pero… ¿vamos a hacer algo al respecto? No sólo es manifestarse, pedir dimisiones, etc. Ya están los otros políticos para ello. ¿Vamos a hablar en casa de esto? ¿Vamos a sacar el asunto con nuestros hijos? ¿Vamos a ayudarles a tener los ojos abiertos y el olfato sensible? ¿Vamos a hablar de ellos en las aulas? ¿Vamos a ayudar a nuestros adolescentes y jóvenes a ser voz y ser valientes y a pedirles que no se conformen, y a advertirles y a animarles a otra cosa? ¿O vamos a seguir viendo a qué partido le toca ahora la manzana podrida y, en función de eso, decidir si atacar o no?

Como católico español echo en falta un voz más alta y firme de mis pastores en estos asuntos. Sin miedo. En libertad. Tal vez muchos iríamos detrás.

Un abrazo fraterno – @scasanovam

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