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San Sabas de Capadocia

Hablando de la Biblia (Parte II)

Photographer:Ryk Neethling

Santi Casanova - publicado el 27/06/16

Querida amiga:

¿Dónde lo habíamos dejado? ¡En los apócrifos! ¡Cierto!

Los apócrifos no son más, por tanto, que libros supuestamente inspirados por Dios pero que la comunidad no ha reconocido como tales. A partir de ahí, ¡claro que pueden servirnos! ¡Claro que es conveniente conocerlos! Pero no están incluidos en el canon. ¿Ocultados? Yo más bien diría, descartados. Y eso nada tiene de malo, ni de misterioso, ni de temerario. Por cierto, esto del canon, ¿sabes lo que es? Como bien dices en tu carta, hay un momento en el que de todos los escritos e historias que las comunidades manejan, se hace una selección. En eso consiste el proceso de canonización: en seleccionar los libros que pasan a ser normativa de fe para la comunidad que los acoge. Y aquí conviene saber que la Biblia, tal como tú la conoces, es el canon establecido para la comunidad católica y que tiene algunas diferencias con el canon de la comunidad judía. No sólo es que los judíos no tengan un Nuevo Testamento, es que ni siquiera coincidimos en el Antiguo. Hay una serie de libros, llamados deuterocanónicos, que sí están en el canon cristiano y no están en el canon judío.

La canonización por parte de la comunidad judía de los libros que ahora conforman nuestro Antiguo Testamento fue, como te puedes imaginar, progresiva. Claro que ha ido cambiando a lo largo de la Historia, entre otras cosas porque se iban añadiendo libros a los ya canonizados. Pero llega un momento en que eso ya no cambia. No es verdad que esté en continua revisión. Alrededor del siglo I d.C., los historiadores de la época ya hablan de un grupo de libros fijo y establecido para la comunidad judía. También el Nuevo Testamento se conformó progresivamente. Primero estaban las tradiciones orales, empezaron a llegar los escritos de Pablo, los primeros Evangelios… A partir del siglo II d.C. parece estar ya todo bastante conformado y alrededor del siglo IV ya se tiene clara la existencia de algunos apócrifos.

¿Y no te has preguntado lo de los autores reales? ¿Nunca oíste hablar de los pseudoepigráficos? ¿Nunca oíste decir a nadie que si el libro de este o del otro no lo escribieron en realidad ellos? Los protestantes han abusado mucho de este término, que parece denotar cierta falsedad en la autoría, pero que, en el fondo, nos hablan de un fenómeno literario muy común en la antigüedad: nombrar en el libro con el nombre de alguien a quién se quería honrar y no con el nombre del autor real. Esto no elimina ni un ápice su valor religioso pero también puede que escuches alguna vez algo al respecto. Ya lo sabes.

Voy a ir terminando. Sigue así. Coge la Biblia y úsala, que esté siempre en tu mesita de noche. Que sea tu libro más usado. Ahonda en su significado, aprende los estilos literarios que aparecen en ella y que, muchas veces, condicionan nuestra interpretación. Busca la intención del autor y su contexto para entender determinados textos. Investiga acerca de qué nos enseña el Magisterio de la Iglesia, garante final de la interpretación de los textos bíblicos. Pero, sobre todo, no tengas miedo pese a todo esto y abre tu corazón al diálogo con el Señor. Su Palabra y la acción de su Espíritu va más allá de todo lo estudiado, investigado, escrito y aprendido por los hombres. En la Biblia encontrarás a un Dios que te habla de manera misteriosa pero que lo hace de corazón a corazón. En esto te va la vida.

Un abrazo fraterno – @scasanovam

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