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Examen de conciencia… ¡Sí!

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Parece que el examen de conciencia es algo exclusivo de los creyentes que, justo antes de confesarse, o por la noche, revisan el día para ver, sobre todo, los pecados que han cometido. Me atrevo a decir que se está perdiendo y que, igual que hay muchos niños y niñas que hacen la Primera Comunión sin saber el Ave María, ya no enseñamos qué es eso del examen de conciencia. Ni mayores, ni pequeños, ni medianos… Ya es difícil pararse, ya es difícil pensar, ya es difícil reconocer qué está mal y qué está bien… ¡cómo para que me vengas con historias!

Todas estas cosas son, precisamente, las que hacen que el examen de conciencia siga siendo una herramienta tan potente en nuestra vida espiritual:

  • Nos obliga a parar. Para mirar atrás, hay que pararse en algún momento, girar la cabeza y revisar el camino hecho, el tramo acometido.
  • Nos invita a hacer silencio. No es posible revisar y tomar conciencia de lo vivido rodeados de ruido, sonidos, personas, reclamos…
  • Nos ayuda a discernir y valorar día a día, semana a semana, cómo vamos caminando, por dónde estamos yendo, qué opciones vamos tomando… No se trata sólo de revisar las acciones sino también las omisiones. De esas acciones y de esas omisiones, se nutre lo que vamos construyendo en nosotros mismos y a nuestro alrededor.
  • Nos centra sobre aquello que no funciona, que se repite, que permanece en nosotros y sigue desajustando y desviando nuestra atención más íntima.

Hacer examen de conciencia es algo bueno para cada día. Ponerse delante de Dios y de uno mismo y revisar lo vivido con sinceridad, transparencia, sin trampas, mirándonos a los ojos. Es decirnos las cosas a la cara, reconocernos y aceptar el mal que actúa en nosotros y también el bien que quiere abrirse paso. Es tomar conciencia de la batalla, es darnos la oportunidad de afrontarla con más garantías al día siguiente, darnos la oportunidad de cambiar, de corregir, de mejorar…

El examen de conciencia es nuestra pequeña terapia particular, necesaria, y, para los creyentes, una manera de ponerse a los pies de Dios y ofrecer lo que tenemos y pedir ayudar para ser más parecidos a Jesús. Para ti, mánager que está a cargo de un grupo de empleados en tu empresa. Para ti, mamá o papá que tienes hijos y que no siempre encuentras la mejor manera de educarlos. Para ti, que tienes amigos y amigas con los que compartes casi todo. Para ti, sacerdote, que eres pastor de un conjunto de fieles que ven en ti a alguien muy parecido a Jesús. Para ti, político, que tomas decisiones todos los días para el bien de todos y que te ves sometido a tentaciones de gran envergadura. Para ti, niño, niña, que empiezas a saber que hay cosas que hacen daño a otros y que no están bien. Para ti, maestro, ingeniero, cocinero, religioso, astronauta, soltero, casada, blanco, negro, gay, chino, sueco, etíope… Para todos. Todos caminamos. Es bueno que miremos el mapa antes de seguir hacia adelante… no vaya a ser que, cuando queramos darnos cuenta, ya no sepamos dónde estamos.

Un abrazo fraterno – @scasanovam

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