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Esos días en los que todo se ve negro…

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Seguro que también te ha pasado. Es como si una densa niebla descendiera sobre ti y el sol se apagara por un tiempo. Si dejas a la cabeza correr, te vienen a la mente todas las cosas que no funcionan, que te decepcionan, que te duelen… de tu trabajo, de tu matrimonio, de tu familia, de tu entorno… Que si esto, que si lo otro, que si fíjate, que si… Te vas cargando de una negatividad tremenda y, a la vez, la niebla va entrando en el alma. La mirada se torna desafiante y sientes el peso de lo que no va, de lo que cambiarías, de lo que necesitas y nadie te da.

Luego viene otra fase. La de mirarte a ti mismo. Si tu autoestima es bajita, corres un grave peligro: la destrucción total. Te cargas de culpa. Todo lo anterior parece culpa tuya, porque no vales nada, porque no vales la pena, porque… Por si la herida no fuera profunda, ya estás tú para empeorarla. Y si tu autoestima está saneada, no hay destrucción total pero entras como en un espacio donde la gravedad deja de existir, como si realmente hubieras abandonado la seguridad de la atmósfera, como si tus pies hubieran abandonado el suelo y ya no tienes dónde agarrarte. Dudas por doquier. ¿Y si no valgo para esto? ¿Y si no se me da tan bien como pensaba? ¿Y si no sirve lo que propongo? ¿Y si no soy capaz de…? Lo que un día antes era fuente de seguridades, ahora mismo es fuente de turbulencias. Todo se mueve. Se abren los compartimentos del corazón y de la cabeza y caen sobre uno aquellas cosas que llevamos siempre a cuestas y en las que depositamos nuestra confianza.

¿Qué hacer cuando esto sucede? Pues no lo tengo muy claro. Cuando a mí me sucede, y ahora mismo estoy en ello, me cuesta salir. Mi vitalidad desaparece. Y mi entusiasmo. Y me metería en una habitación a escribir y no saldría en días. Me cuesta sobrellevarlo. Pero también es cierto que he ido aprendiendo con el tiempo algunas cosas que, al menos, me permiten no desesperar, que es lo peor.

  • Aceptar. Verbo difícil. Aceptar. Sí, señores. Aceptar. Aceptar que estas cosas suceden. Aceptar que la vida no es color de rosa y que a veces el sol se nubla. Aceptar que hay días mejores y peores. Aceptar que a veces me sostengo en situaciones, personas, sensaciones… y que mi sostén debe ser otro.
  • Acoger. Acoger es más que aceptar. Acoger, para mí, implica cierta ternura consciente… Acoger lo que me llega de fuera y acoger mis propios sentimientos y mis propias emociones. Aprender a abrazar lo que se mueve dentro aunque no me guste. No despreciar lo que me pasa.
  • Perseverar. No dejar de hacer. Ni de amar. Ni de intentarlo. No meterme en una habitación, ni dejar, ni abandonar, ni romper, ni separarme… No es el mejor momento para tomar decisiones de las que luego arrepentirse. Seguir humildemente. Seguir con la mirada triste. Seguir con la cabeza baja. Pero seguir.
  • Y, por último, confiar. Confiar en que la niebla se levante en poco tiempo. Confiar en que, aunque no se vea ni se sienta, el sol sigue ahí detrás. Creer. Aunque me tenga que obligar a ello. Aunque me sepa a jarabe de mal sabor. Pero confiar. Porque la niebla siempre se va. Y porque el camino nunca se hace solo. Nunca.

¿Facíl? De ninguna manera. Pero real.

Un abrazo fraterno – @scasanovam

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