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Escuelas y familias. Seamos valientes. Es la hora.

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No están las cosas para bromas entre familias y escuelas con el manoseado tema de los deberes por el medio. Sinceramente, creo que ha sido una gota poco importante pero que ha puesto de manifiesto lo lleno de un vaso que no hemos sabido mantener en niveles óptimos de plenitud.

Hace tiempo que detecto gran desconfianza entre familias y escuelas. Hablamos los unos de los otros con ligereza, con imprudencia, desde lejos, como si nos conociéramos. Nuestro pecado ha sido enemistarnos, distanciarnos, mirarnos con recelo y dejar que la herida, la brecha, se fuera haciendo grande sin que nadie quisiera o supiera poner la venda y empezar a curar. Y no puede ser. No puede ser.

Soy de los utópicos que todavía piensan que es posible crear una escuela donde familias y profesores, donde padres y madres y directores, coordinadores, docentes… trabajen juntos de verdad. No sólo se necesita más y mejor comunicación sino una comunión que, a día de hoy, brilla por su ausencia en la mayoría de los casos. Hemos pensado que vernos era suficiente, que entrevistarnos una vez al trimestre era diferente, que comunicarnos a base de circulares, agendas, plataformas digitales… era suficiente. Hemos pensado que cada uno debe estar en su sitio sin descubrir que hay sitios donde podemos estar ambos. Nos tenemos miedo y, a veces, desprecio. Funcionamos con el freno de mano puesto y cuando nos encontramos… cruzamos de acera para no decirnos a la cara lo que luego soltamos en grupos de whatsapp o en claustros. Hemos hecho lo más deleznable que se puede hacer en el ámbito educativo: etiquetarnos. Sí, todos somos culpables.

Urge abrir puertas. Urge convocarnos mutuamente. Urge que nos contemos quiénes somos, lo que nos pasa, lo que sentimos, lo que necesitamos, lo que soñamos, nuestras dificultades y nuestras oportunidades. Urge poner al niño, a la niña, al joven, en el centro. Urge dejarle hablar también a él. Urge dejarnos pasar a esos lugares vetados hasta hoy. Urge saber estar, establecer límites nuevos y romper barreras antiguas. Urge crear un clima nuevo donde alguien comience por poner cinco panes y dos peces para que el milagro pueda tener lugar. Urge dialogar. Urge afrontar sin miedo nuestras discrepancias. Urge formarnos en común sobre tantas cosas y planificar algunas otras juntos. Urge renovar estructuras o, simplemente, ponerlas a funcionar como se merecen.

Nuestra relación se basa, como todas las relaciones sanas y fructíferas, en la confianza, la sinceridad, la lealtad y, por qué no, en el respeto y el amor mutuo. Hagamos el esfuerzo. No es fácil. ¿Pero qué les enseñamos a nuestros hijos? ¿Qué les enseñamos a nuestros alumnos? ¿A abandonarse a lo fácil o a luchar por aquello que vale la pena? ¿Les enseñamos a romper, a girarse, a dar la espalda, a ponerse en huelga cada vez que algo no cuadra con sus ideas, sus criterios, sus creencias…? ¿O les enseñamos a mirarse, a hablarse, a acogerse, a respetarse, a ver lo bueno del otro, a aprender del otro, a trabajar en equipo?

¿Los deberes? Ese no es el problema. Y todos lo sabemos. Así que no seamos cobardes y cojamos al toro por los cuernos. Se nos va casi todo en juego.

Un abrazo fraterno – @scasanovam

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