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En tiempo de divorcios y rupturas, ¿dónde está la luz de nuestros matrimonios?

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Es tarea de los cónyuges vivir en la luz de su matrimonio. Lo fácil, y muchas veces lo más común, es acostumbrarse, adaptarse y aceptar a vivir en una oscuridad envolvente. Cada uno sabrá lo densa y lo pesada de la oscuridad que soporta pero creo que es hora de que nos sacudamos esa sensación que tienen muchos casados y casadas de que, la vida en común, la vocación matrimonial, es algo que termina, sí o sí, en la rutina y en el costumbrismo más venenoso. Algo que, sencillamente, no compensa…

No hay más que escuchar expresiones, chistes, reflexiones comunes entre casados para darnos cuenta de que algo de oscuridad vivimos. Es fácil percatarse de que la vida en común no es sencilla, de la dificultad de congeniar con las distintas familias de los cónyuges, del sufrimiento que aportan los hijos, de la insatisfacción respecto a nuestra vida sexual, de la aceptación de que no estamos llamados a grandes cosas…

Pues no señor. ¡Digámoslo alto y claro! ¡Se puede! ¡Claro que se puede! Se puede disfrutar, se puede reír, se puede compartir, se puede aprender, se puede emprender, se puede arriesgar, se puede uno jugar la vida al más alto nivel respondiendo a una auténtica vocación que no es menor, que no es secundaria, que no está en el nivel básico de las vocaciones en la Iglesia de cada cristiano y cristiana. Más bien todo lo contrario.

Un matrimonio es en sí mismo un símbolo de algo mucho más grande. Su misma apuesta vital, su vida común, la superación juntos de sus problemas, el amor compartido, el perdón practicado… son un grito profético hoy, aquí, en el reino del individualismo y el relativismo. La apuesta de amor de cualquier pareja que se casa y lucha por su matrimonio, y aprende día a día a mejorar su amor, y enfrenta desasosiegos y frustraciones, y educa a sus hijos y se educa con ellos… es una de las apuestas mejores que puede emprender cualquier ser humano. Y es, en mi opinión, imagen real del Dios de Jesucristo. Y no, no sale solo. No se construye sin esfuerzo. No llega uno preparado del todo. No se consume por azar. Cada matrimonio, cada familia, cada hogar… son antorchas que aquilatan el mundo, rocas fuertes, pruebas palpables de que Dios construye desde la debilidad y de que el cielo se puede tocar ya, un poquito, aquí en la Tierra.

Es tarea de cada matrimonio vivir cada día con menos oscuridad y con más luz. Tarea hasta el final. Tarea permanente, de subidas y bajadas, de idas y venidas. Cada hombre, cada mujer, debe darle al interruptor cada poco tiempo y poner el foco en su vida en común, sin miedo. Hay que estar dispuestos a que la luz lo abarque todo. Hay que descubrir y restañar y pulir y curar y limpiar los rincones infectados que la oscuridad mantiene escondidos. ¡Porque los hay! ¡Claro que los hay! Y quién lo niegue, miente. No creo que en los matrimonios perfectos, más bien en los imperfectos y reales que, lejos de adoctrinar sobre lo que debe ser un matrimonio cristiano y verdadero, viven el suyo como don y tarea, cada día, sabiendo que no siempre hay respuestas. Hay que eliminar los focos de enfermedad matrimonial. Hay que ser valientes. Sin asustarse. Dios no nos abandona. Él nos da la fuerza, la sabiduría, el amor, la escucha necesarias para afrontarlo todo. Y vencer.

Es tiempo de divorcios y rupturas, es tiempo de mostrar lo que el Señor hace con nosotros; es tiempo de reconocer con una sonrisa que la empresa nos desborda; es tiempo de hablar de nosotros, de ser luz para toda la Iglesia y para el conjunto de la humanidad.

Un abrazo fraterno – @scasanovam

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