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El perdón en un matrimonio

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Algo importantísimo en un matrimonio, que en el fondo demuestra la hondura del amor en la pareja, es la capacidad para perdonarse el uno al otro. No creo decir nada extraño al afirmar que es más fácil hacer daño a aquellos con los que convivimos día a día y con quiénes tenemos confianza plena, que a aquellos que comparten nuestra vida en ambientes más periféricos (el trabajo, el vecindario, el gimnasio, el colegio de mis hijos…). Al menos a mí me pasa. En casa, muchas veces, me descubro menos paciente, más exigente, más susceptible, etc. que en otros entornos.

Este 2017 que comienza, será para mi mujer y para mí el momento de celebrar nuestro 15º aniversario de boda. Quince años juntos son ya una buena renta de vida en común y, como es normal, durante esta etapa han sucedido muchas de las cosas más importantes de mi existencia: el matrimonio, la llegada de los hijos, logros laborales, viajes, proyectos comunes, vida comunitaria y de fe, opciones de vida, cambio de ciudad… Y todo esto, que seguramente Facebook o Instagram resumirían en unas cuantas fotos de nuestros mejores momentos, no ha estado exento de dificultades entre nosotros.

Aceptar que no somos perfectos y que, tantas veces, hacemos daños a nuestras parejas o a nuestros hijos, es algo que hay que asumir en la vida de casados. A mí me encantaría que mi mujer viera en mí colmadas todas sus aspiraciones de compañero de vida perfecto. Seguramente podría ser más guapo, podría cuidarme más, podría vestir más como a ella le gusta, afeitarme más a menudo, ser un amante más tierno y cariñoso, podría no querer controlarlo todo, ni ser tan soberbio en casa… Lamentablemente he ido aceptando que no soy así, que no soy su sueño hecho realidad, y que, a pesar de eso, soy el hombre de su vida, el único al que quiere, el mejor padre para sus hijos. Me ha costado, y me sigue costando a veces, aceptarlo. Supongo que lo mismo le sucederá a ella.

La experiencia de perdonar y ser perdonado construye un edificio matrimonial tremendamente robusto porque sus cimientos no están anclados en sueños ni en aspiraciones ni en deseos, sino en un amor real. No es amor si no es real. Y esa realidad debe ser abrazada, o al menos redimida, día tras día. No es mirar a otro lado. No es callar y tragar. No es pasar por alto. Es, sencillamente, perdonar y seguir, perdonar y seguir, y, entre medias, amar y cantar y bailar y reír y viajar y criar y trabajar y hacer el amor y rezar y celebrar y compartir y dar…

Quién no acepte esto, es mejor que no se case. Quien no esté dispuesto a perdonar setenta veces siete, es que tal vez no ame lo suficiente.

Un abrazo fraterno – @scasanovam

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