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El pecado del activismo veraniego

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El verano es un buen momento para hacer pocas cosas, por no decir para no hacer nada. ¿Nada, nada? ¿Tirados en el sofá todo el día? No, no me refiero a eso. Me refiero a salir de la espiral de activismo en la que estamos metidos todo el año. Me refiero a no vernos en la obligación de tener que hacer algo para saborear este descanso. Me refiero a no tener que planificar y consumir ocio compulsivamente para que nuestros hijos se diviertan. Me refiero a aprovechar este tiempo para encontrarnos con nosotros mismos, con nuestras familias, con la naturaleza y, también, con Dios mismo en caso de ser creyentes.

No nos gusta parar. En el fondo, nos quejamos pero no nos gusta. No nos gusta porque dejar de hacer cosas nos deja tiempo y, muchas veces, es tiempo en soledad, tiempo en el que lo único que tenemos que hacer es vivir y vivirnos. Es un tiempo que nos pone enfrente de lo que somos, un tiempo-espejo. No nos gustan los espejos. No nos gusta mirarnos y, mucho menos, descubrirnos. Por eso estamos todo el día de aquí para allí, haciendo mil cosas, llenos de tareas y actividades, corriendo exhaustos… cansados pero, al menos, anestesiados. ¿Por qué? ¿A qué tenemos miedo en el fondo?

Dicen que en verano muchas parejas se divorcian. Muchos lo achacan a los roces que se producen al estar más tiempo juntos, cosa que no sucede en la época invernal, con trabajos y donde un matrimonio, simplemente, puede poner la directa y funcionar como un equipo y no como una pareja. Yo pienso otra cosa. En verano muchas parejas se divorcian simplemente porque tienen tiempo, porque vuelven a encontrarse, porque vuelven a mirarse y porque, tal vez, lo que descubren es que la otra persona es un extraño o que, simplemente, uno decide no seguir queriendo al de enfrente.

Con los niños pasa un poco lo mismo. Somos una generación de padres que vivimos obsesionados por la supuesta “obligación” de tener que entretener, divertir y hacer felices a nuestros hijos. Y pasamos cada día veraniego pensando qué podemos hacer en familia, a dónde podemos ir de excursión, qué peli ver en el cine, a qué jugar con ellos… Es verlos aburridos y nos entran escalofríos, pavor, culpa… y la sensación de que ese aburrimiento es algo no deseable. ¡Al revés! Qué bueno que en verano, nuestros hijos tengan tiempo para pensar, para encontrarse, para estar en silencio, para tirarse en una terraza, para leer en un sofá sin más, para disfrutar de una merienda sin pretensiones, para redescubrir a sus hermanos y a sus padres, para aguantarse también en soledad… ¡Claro que hay que hacer cosas con ellos y compartir tiempo juntos! Pero desde otro sitio, desde otra motivación.

Es hora de ponernos las pilas y proponernos vivir un verano de encuentro, de renegar del pecado del activismo veraniego, de la huida estival. Yo, el primero.

Un abrazo fraterno – @scasanovam

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