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Dios se hace hombre en el seno de una familia… ¿Será la tuya?

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Curiosamente la familia es una de las grandes protagonistas del Adviento y la Navidad. ¿No os lo habéis parado a pensar?

  • Dios no pone sus ojos en un rey, ni en un sacerdote, ni en un soldado… para venir al mundo. Dios se fija en una mujer, en una niña que está ya preparada para dejar de serlo, en una hija que vive con su familia en Nazaret.
  • La anunciación, siguiendo el relato de Lucas, se produce en un ambiente cotidiano, probablemente en casa, en un ambiente familiar. El anuncio no se produce en el Templo, ni en la sinagoga, ni en un espacio diferente a aquellos frecuentados por María en su día a día.
  • El plan de Dios, aun teniendo a María como centro de su venida al mundo de los hombres, es que sea una familia el seno donde el Señor acampará entre los hombres. Es una familia la que acoge al Dios hecho hombre, la que lo cuida, la que lo enseña, la que lo presenta al mundo, la que lo prepara, la que lo educa, la que lo alimenta y lo protege.

La encarnación, por tanto, parece ir íntimamente unida a la realidad familiar. El milagro, el misterio, el lugar sagrado donde todo acontece, se hace carne en una familia donde padre, madre e hijo serán el germen, la semilla, del Reino que irá creciendo paulatinamente.

Lejos de servirnos de palmadita en la espalda, las familias somos fuertemente interpeladas en el Adviento y en la Navidad. Y creo que hay dos aspectos que nos cuestionan especialmente. El primero de ellos es acerca de nuestra disponibilidad ante los planes de Dios. ¿Somos una familia que ya tiene todos sus planes decididos? ¿Ya sabemos qué somos y adónde vamos? ¿Estamos dispuestos a ponernos en camino como familia allí donde se nos llame? ¿Somos capaces de vivir con menos, más pobres entre los pobres? ¿Somos luz para otros, lugar de calor, de acogida? ¿Somos templo de Dios entre los hombres? ¿Somos realmente, desde el primero al último, una familia a la escucha de Dios? El segundo aspecto, no menos importante, es acerca de nuestra conciencia de ser hacia afuera, de tener una misión, de ir más allá, de crecer para alguien y para algo. María y José saben desde el principio que esto no acaba más que comenzar y que su familia está destinada a una misión concreta. María y José conciben la realidad familiar que ellos mismos construyen con desprendimiento y libertad. No es una familia estufa la de Nazaret, autoreferencial. Es una familia que mira ya, desde el comienzo, hacia el final, hacia la cruz donde todo se consumará, hacia la losa removida del sepulcro.

No son los adornos navideños los que marcan o miden estos aspectos de nuestra familia, de la mía. Están ahí, precisamente, para que nos contrastemos, para que despertemos, para que recordemos aquello que celebramos. No perdamos el foco.

Un abrazo fraterno – @scasanovam

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