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De muñeiras, sardanas y chotis… Tiempo para la serenidad.

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Gallego. Hijo de catalana y gallego. Esposo de madrileño. Padre de madrileños. Residente en Salamanca. Familiar de castellanos, canarios y más gallegos y catalanes; también de argentinos. Amigo y casi hermano de valencianos, mallorquines, cántabros, andaluces, extremeños, asturianos, vascos, aragoneses, manchegos, riojanos… Es lo que hay.

Conozco y amo Galicia. Conozco y amo Cataluña. Conozco y amo Madrid. Hablo los tres idiomas, los entiendo y me considero un privilegiado por ello. Tierras diversas, de España todas, que me han hecho ser lo que soy. Soy parte de cada una de ellas y, en la actualidad, estoy conociendo y aprendiendo a querer Castilla León.

Sigo con preocupación lo que lleva sucediendo en Cataluña desde hace tiempo. Y más ahora. Con preocupación porque creo firmemente que debimos y pudimos no haber llegado al punto en el que estamos. La política, hasta ahora, no ha sabido ni ha querido solucionar un problema creado por la propia política. En la calle, las personas de a pie en su inmensísima mayoría, hace una vida normal, en una sociedad integrada, plural y abierta. Todo esto se ha enconado y, una vez más, como es habitual en este país, nos sitúan en bandos, en bloques irreconciliables. Me niego a que me lleven a ello. Ese es el fracaso político en el que seguimos instalados. Porque los blancos y los negros no existen en exclusiva en casi ningún ámbito de la vida y porque es en la escala de grises donde los encuentros, los acuerdos y los puentes tienden a ponerse en juego.

Los pulsos como el actual suele tener más perdedores que ganadores y, normalmente, suelen ser siempre los mismos. La historia de verdad la escriben aquellos con menos voz, con más dificultades, con menos oportunidades y recursos, perseguidos, rechazados, olvidados. Y volverá a ser igual a menos de que hagamos un esfuerzo conjunto por entendernos. No hay ni otro camino ni otra posibilidad. Ahora mismo posiblemente no estamos en condiciones para ello. El orgullo y la credibilidad de ambas partes gobernantes está en juego. Por otro lado, también lo están bases y criterios fundamentales en una democracia: el respeto a la ley, a la separación de poderes, etc. Creo que aquí, ahora, es el gobierno catalán quién debe volver y bajarse del burro. Votar sobre algo ilegal no es democracia sino ciertamente una temeridad. Y el gobierno español ciertamente debe ser sensible ante parte de una ciudadanía que también es la suya y en la que, por una razón u otra, ha calado un sentimiento que no desaparece sólo con el pasar del tiempo. Corregir un error es de sabios. Ser sensible también. Los cortoplacismos y los intereses particulares de unos y otros deben dejar paso a la experiencia política de la búsqueda del bien común. No es fácil porque no es un problema que haya surgido ayer, de repente. Pero es posible.

No hay nada que sirva para menos que exagerar y alimentar aquello que nos separa. La inteligencia de todo líder está justamente en encontrar, mostrar y alentar aquello que nos asemeja.

Intento mantener un silencio prudente en estos días de gritos y bravuconadas. No sé si soy un cobarde por ello o un tibio que se sitúa entre dos aguas. Yo no lo creo así. Es necesario silencio, sosiego y serenidad. No todos los momentos son propicios ni siquiera para exponer lo que uno piensa. Todos experimentamos esto en nuestras familias, en nuestros trabajos, en nuestras comunidades cercanas.

Entre todos podemos bajar el tono. Tal vez escucharnos. Y después, hablar. Creo que lo conseguiremos.

Un abrazo fraterno – @scasanovam

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