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Cuando me quedo en blanco escribiendo… y rezando…

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A veces me toca escribir un artículo y no consigo poner negro sobre blanco sin borrar una y otra vez. ¿De qué puedo hablar? ¿Qué experiencias tuve últimamente? ¿Qué le puede interesar a la gente? Y comienzo una y otra vez y destruyo lo comenzado tantas veces como sea necesario.

Creo que a veces me cuesta simplemente escribir lo que me brota del corazón. Intento ponerlo tan bonito… Intento saber tanto de lo que hablo… Intento captar tanta atención… que al final, nada. Bloqueo de la mente y del corazón. Parálisis. Inmovilismo. Pausa.

Con la oración me sucede lo mismo tantas veces. Me siento dispuesto a rezar y me descubro intentando “crear” algo bonito para Dios. Muevo la cabeza y me digo…”Santi, orar no va de esto”. No va de buscar temas de actualidad, ni de buscar palabras bonitas, ni de componer preciosos versos, ni de aparentar, de ni ser un robot espiritual, ni de ser un vomitador de piropos divinos, de peticiones interesadas, de alabanzas vacías.

Estar delante de Él, sin caretas ni disfraces. Contarme más que contarle. Quejarme de que las soluciones no lleguen, del sin sentido de algunas opciones tomadas, del camino a medias emprendido conmigo; quejarme de que algunas cosas no salen como yo creo que deberían salir. Mostrarle mi enfado por su silencio ante la enfermedad de mi amiga, ante el fracaso del otro en su matrimonio, ante el despido y el sufrimiento de aquella, ante la orfandad de unos chicos a los que les arrebataron en un suspiro a su padre. Llorarle y pedirle perdón por mis continuas infidelidades, travesuras vitales que me dejan con mal sabor de boca. Disculparme por perderme, por olvidarle, por darle la espalda, por decirle que yo sé, que me deje, que yo controlo. Hablarle de mis hijos y de mi mujer y pedirle ayuda. Contarle lo que siento cuando no llego, la duda que me asalta, el miedo a no hacerlo bien, a herir, a dañar. Orar es escucharle, dejar que me acaricie, que me abrace, que me proteja, que me seque las lágrimas.

A veces lo que podamos contar es que somos pequeños y nuestro gran testimonio es el relato de nuestra propia pequeñez. La mejor de las historias tal vez sea la del anónimo que cambia el mundo, su mundo, en silencio. El mejor artículo es, sin duda, el que te hace y no el que haces tú. El creativo más puntero es el que es capaz de reconocerse como creatura.

Ser , en todo, ser.

Un abrazo fraterno – @scasanovam

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