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Compartir el dolor con nuestros hijos

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¿Dolor? Existe. Es connatural a la vida y al ser humano. Las personas sentimos dolor en muchos instantes de nuestra existencia. A veces nos hieren, a veces nosotros mismos nos hacemos daño, a veces sufrimos una pérdida valiosa, a veces somos capaces de empatizar el dolor ajeno y lo hacemos nuestro… Existe y no podemos girar la cabeza y mirar hacia otro lado.

Como padre, pensar en el dolor que puedan sufrir mis hijos es algo que me genera mucha inquietud e intranquilidad. Últimamente, cuando echo un vistazo a mi alrededor y compruebo el mundo y la sociedad que les va a tocar vivir en unos años, lo que más tensión me produce es pensar en ellos y en su posible sufrimiento ante lo que pueda venir. Creo que a todos los padres y a todas las madres nos sucede lo mismo y experimentamos emociones similares.

Por eso, no acabo de entender que muchos de nosotros evitemos sistemáticamente las experiencias de dolor a las que nuestros hijos, a su medida, puedan estar expuestos desde pequeños. Hay personas que no quieren que sus hijos se caigan, se golpeen, se manchen, se frustren, se entristezcan, se enfaden… Es una protección ciertamente ficticia que, sinceramente, creo que nada tiene que ver con quererlos más o menos. Yo quiero a mis hijos, esto sobra decirlo. Y precisamente porque les quiero, entiendo que mi labor no es evitar que experimenten, que crezcan, que elijan, que opten, que se relacionen, que sean ellos mismos… por miedo a que reciban un portazo en su cara, a que alguien les haga daño, a que las cosas no salgan como ellos quieren, a que fracasen… Entiendo que mi papel es otro.

Intentar evitar a nuestros hijos el dolor y el sufrimiento es, sencillamente, imposible y es bueno explicárselo. Creo que nuestro papel es fundamental en este sentido para que su crecimiento sea sano y equilibrado. Explicar que el dolor no se busca, que el sufrimiento no se desea y que se intenta evitar por todos los medios, pero que a veces llega; explicar qué se siente antes situaciones dolorosas; explicar cómo gestionarlas para que la herida no se quede mal curada para siempre; explicar alguna situación que nosotros mismos hemos sufrido… Aun así, más que explicar, lo mejor será simplemente no esconderles las situaciones que lleguen y permitir que ellos las vivan a nuestro lado: acompañarles a ellos y dejar que ellos nos acompañen.

Si les dejamos “ver” y “oír” y “tocar” las situaciones de dolor que nos lleguen, también les mostraremos el papel que juega Dios en todo esto, lo que le decimos, lo que la callamos, cómo le miramos, lo que le pedimos, lo que le agradecemos y las quejas que le elevamos. Porque Dios no se queda fuera de esta ecuación, al revés. La imagen de Dios que ellos vayan forjando poco a poco se nutrirá de manera significativa de la idea que extraigan de ese Dios que se presenta cuando nosotros lo pasamos tan mal.

Un abrazo fraterno – @scasanovam

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