Este pasado fin de semana, hasta ayer, disfruté de encuentro de laicos y religiosos en el pueblo natal de S. José de Calasanz, Peralta de la Sal, en una región fronteriza entre lo que hoy es Aragón y Cataluña, en España. Estar en la casa del Fundador siempre se rodea de una gracia especial. Como bien me explica siempre una amiga mía: “hay lugares bendecidos, llenos de una gracia especial del Señor”. Peralta es uno de esos sitios.
En uno de los ratos de trabajo, en los que un experto sobre el Santo Fundador nos hablaba de su infancia, en aquel contexto de la España de finales de siglo XVI, todos los asistentes descubrimos una de las evidencias documentales que se tiene y que, muchas veces, ha pasado desapercibida. El pequeño José, que era el pequeño de ocho hermanos, recibía de su madre los fundamentos religiosos cada día, cuando ella ponía a sus hijos alrededor y les leía “Los Milagros de Nuestra Señora”, de Berceo. Ese es el sustento espiritual del pequeño Calasanz que, desde entonces, profesará un amor firme por María hasta el punto de adquirir, en su profesión solemne como religioso escolapio, el nombre de José de la Madre de Dios.
¿Cómo educo yo a mis hijos en la fe? Pues, sinceramente, creo que lo podría hacer mejor aunque bien es cierto que mucho han cambiado las cosas desde aquel siglo XVI. Otras, en el fondo, siguen siendo igual, por mucho que pretendamos revestirlo todo de innovación y progreso. Mi mujer hemos y yo hemos enseñado a rezar a nuestros hijos y la oración suele darse siempre antes de acostarse. Creo que nos falta continuidad y que muchos días, entre prisas y olvidos, no la hacemos con ellos y nos limitamos a recordarles que la hagan. También miro con asombro a las familias que consiguen rezar el Rosario a menudo… nosotros no lo hemos conseguido pese a proponérnoslo muchas veces… Tal vez porque mi mujer y yo no lo hemos conseguido ni siquiera nosotros, como rutina diaria… Pero por otro lado, sí participamos de los sacramentos, sí está presente Dios en el día a día de manera explícita muchas veces, sí les hemos enseñado el don de la vida comunitaria, de la confianza en el Señor, de la entrega por los demás, del compromiso con la parroquia, con el colegio, con los niños y jóvenes, con la Orden de las Escuelas Pías… Espero que el Señor y María ocupen los agujeros que nosotros, en nuestra limitación, hayamos podido dejar.
El primer paso para rezar mejor con mis hijos es rezar mejor yo, dedicarle más tiempo al Señor, pasar más tiempo delante del Sagrario, meditar un poquito más su Palabra… Luego, posiblemente, ese tesoro será compartido y mis hijos descubrirán lo que sus padres llevamos dentro. Jesús, antes de todo momento importante en su vida, se nos muestra en el Evangelio como alguien profundamente orante, como alguien que encuentra en la oración el medio privilegiado para relacionarse con su Abbá, con su papá. Sigamos su ejemplo.
Un abrazo fraterno – @scasanovam