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Atravesando la aridez de un desierto

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Estoy intentando buscar un tema atractivo sobre el que escribir hoy y me doy cuenta de que, aunque esté horas con el teclado delante y pensando, no voy a conseguir encontrar nada que me satisfaga. Hoy es uno de esos días en que uno quiere y no puede.

Esta experiencia de querer y no poder es algo frecuente en mi vida. A veces es problema de voluntad, es verdad, y me quejo por no conseguir algo a lo que, si soy sincero, no he dedicado ni un ápice de esfuerzo. Pero otras veces es, sencillamente, un problema de aridez. Cuando no hay, no hay. Y claro, el paisaje árido no nos gusta. Somos de mar, sol, montañas, bosques frondosos, fauna y flora por doquier, noches estrelladas y verdes campiñas. Al menos yo soy así. Lo árido como que me desagrada y me incomoda. ¡Y más a mí! ¡Un hombre creativo, apasionado, vital y enérgico como yo… no puede conocer la aridez! Es una losa que me impongo a mí mismo. Pesada losa a veces… La realidad se impone y tengo que saber transitar también por estos paisajes sin grandes distracciones, sin adornos, sin romanticismo, solitarios, secos, sosos…

La experiencia de la aridez no es algo que sucede solamente en el ámbito de la creatividad. Sucede en el ámbito espiritual y también en el ámbito relacional. Supongo que no soy el único que, alguna vez, queriendo rezar, no pudo más que guardar silencio intentando contener la mente para que no se dispersara y sin ser capaz de interiorizar, ponerse delante del Señor activamente, hablar con Él, etc. Espero no ser el único tampoco que, en su matrimonio, o en la relación con algún buen amigo, ha sentido que algunas cosas se enfriaban, que las luces y los fuegos artificiales de antaño, habían dejado paso a una etapa silenciosa, sobria… Desiertos cotidianos por los que nos toca transitar y en los que uno no debe quedarse parado, preso del pánico, el desencanto o la desilusión. Más bien al contrario: como decía El Principito, todo desierto esconde un pozo. Sólo se trata de encontrarlo.

A mí los desiertos me recuerdan que también soy limitado y me ayudan a crecer en humildad. A veces no hay de donde sacar y ya está. A veces me seco, como cualquiera. A veces no sé qué hacer. A veces no sé por dónde tirar. A veces no sé ni siquiera muy bien dónde estoy. Esa experiencia me ayuda a saber que más allá de mí hay Otro que me lleva, me rescata, me sostiene también entre esta fina arena. Y a Él, a ese Otro, me encomiendo cuando no tengo nada mejor que ofrecer. Es Él quién se ha ofrecido y con eso basta.

Un abrazo fraterno – @scasanovam

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