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Año nuevo, ¿nuevos propósitos? No vale la pena

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Año nuevo, revisión de propósitos. Eso piensa mucha gente que utiliza el 1 de enero para revisar su vida y proponerse una serie de objetivos para cumplir durante el año que comienza. Yo también era de esos. Debo reconocer que cada año que pasa, cada año mayor que soy, prefiero no ponerme ni un solo propósito por delante.

He aprendido que normalmente uno se pone de propósito aquello contra lo que quiere enfrentarse, aquello que no suele conseguir, aquello que quiere cambiar de sí mismo. En general no son propósitos “amigables” sino auténticas declaraciones de guerra a la realidad con la que uno debe convivir día a día. Y eso es lo que he ido aprendiendo: aceptar la realidad y mirar con esperanza el futuro, intentando ser mejor cada día. No se trata de querer hacer más ejercicio porque me lo digan o porque me vea gordo, ni de jugar más con mis hijos porque se supone que dicen que lo debo hacer, ni de leer más porque es lo que me gustaría aunque no tenga tiempo… Es otra cosa.

Yo elijo, hoy por hoy, descansar en año nuevo y simplemente descansar en mi vida. No me refiero a tirarme en el sofá o en la cama, ni a pasar de todo, ni a bajar los brazos ante aquello por lo que vale la pena luchar. Me refiero a no vivir como si de una carrera se tratara, a no vivir como si estuviera sacándome un carrera y me fueran a dar un título al final, a no vivir como si fuera a vivir eternamente, a no vivir continuamente insatisfecho por querer vivir una vida diferente a la que tengo. Me refiero a coger mi vida, mi gente, mi yo, y abrazarlo todo y a todos, a mirarme con cariño, a tratarles con ternura, a saber que no hay por qué temer ni por qué preocuparse si uno se acuesta sabiendo que está dando lo mejor de sí para que el mundo sea mejor.

La vida me ha ido enseñando que sólo dispongo de hoy y, aunque me encanta hacer planes, que cada día pide sus decisiones, sus opciones. Se trata de seguir caminando siempre y de aceptar que a veces elegimos el camino equivocado, la senda peligrosa, el atajo que nos hace perder tiempo. Se trata de descubrir que eso también es parte del camino y de que nada sirve la culpa ni el lamento. De lo que se trata es de saber a dónde quiere uno llegar, qué es lo le mueve y con quién quiere hacer el camino.

Os deseo a todos un feliz 2017 y os deseo también que los propósitos de Año Nuevo no sean una pesada carga. No la necesitamos. Nuestro Dios, al final, nunca se encuentra en la carga sino más bien todo lo contrario.

Un abrazo fraterno – @scasanovam

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