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Adviento, familia en vela

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Llega el Adviento y nos trae la sugerencia evangélica de permanecer en vela, lo que suele conocerse en lenguaje popular como estar atento, estar al loro, no dormirse en los laureles, no estar en babia. Tener los sentidos en estado de máxima alerta, disponer el corazón para acoger al Dios frágil que acontece a diario y poner en guardia a la voluntad, encargada de llevar a cabo lo que el Espíritu nos sugiera.

El Adviento para una familia como la mía es una llamada a ser lugar de acogida para un Dios que desea acontecer y entrar de lleno en nuestra vida, en nuestra biografía única y particular, en nuestra Historia.

Los que formamos parte de esta familia estamos llamados a mirarnos de otra manera a partir de hoy. Cuantas veces sólo vemos lo que a cada uno nos interesa y, aun viviendo juntos, somos incapaces de percibir las ojeras de mamá, la tristeza del hijo que lo ha pasado mal en el cole, la alegría de la hija que no puede ser compartida porque hay cosas más «importantes» que hacer, las ganas del pequeño para pasar un rato con sus padres sin tablets ni móviles por el medio, la necesidad de papá de ser padre y no proveedor de servicios… Los que formamos parte de esta familia estamos llamados a escucharnos y a descubrir la voz de Dios en lo que cada uno tiene que decir; ejercitarnos en la difícil tarea cotidiana de abandonarnos al otro con los oídos abiertos sin ninguna preocupación mayor, saber que el primer lugar donde contarme es mi casa, porque es el primer lugar donde se me escucha. Los que formamos parte de esta familia estamos llamados en este Adviento a saborear juntos la vida común y a ser sal para que otros, más solos, más confusos y más desganados, puedan encontrar en Jesús de Nazaret el alimento perfecto para una grata experiencia culinaria; estamos llamados a paladear y disfrutar cada rato juntos, cada gesto en la mesa, cada risa en el sofá, cada abrazo, cada beso. Los que formamos parte de esta familia estamos llamados a acariciarnos con ternura y a ser caricia más allá de nuestras paredes, de nuestro edificio, de nuestro barrio… llamados a llevar el calor de una palabra amable, de un piropo inesperado, de una sonrisa acogedora, de una serena paciencia. Los que formamos parte de esta familia estamos llamados a oler lo que sucede a nuestro alrededor, a no girar la cabeza, ni tapar la nariz, ni renegar de lo podrido, lo muerto, lo enfermo… sino más bien a curarlo con buen ungüento, a recuperarlo con el buen perfume de Cristo.

Ha llegado Adviento. En realidad nunca deja de ser Adviento, aunque nos olvidemos, aunque necesitemos hitos en el calendario y muescas en nuestra alma. De nosotros depende tenerlo todo a punto. Todo lo necesario lo tenemos ya dentro. Dios conoce la fragilidad y la pobreza del lugar donde quiere hacerse presente. Dejémonos. Dejémosle. Lo importante cuando alguien que nos quiere viene a vernos es, sencillamente, que nos encuentre en casa.

Un abrazo fraterno – @scasanovam

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