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A propósito del terremoto de México…

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Me acuesto con la noticia del último y terrible terremoto sufrido en México. Dolor, muertos, destrucción… La madre Tierra nos vuelve a recordar lo pequeños que somos cuando ella decide bostezar, removerse, quejarse del daño que le estamos causando. Entonces nos sobreviene una sensación de inseguridad que nos sume en una profunda crisis.

La sociedad occidental se ha tragado el cuento de la seguridad. Seguros médicos, seguros del hogar, seguros de vida, una alta esperanza de vida, un mundo hecho a medida del que hemos intentado desterrar la muerte, el sufrimiento, el hambre, la sed, la infelicidad. Una sociedad “happy” satisfecha y soberbia que ha dejado a Dios de lado y se lanzado a los pies de la ciencia, del desarrollo tecnológico, del hombre como comienzo y fin de todo.

El golpe es ahora más duro, como no podía ser de otra manera. La caída, desde tan alto, es dolorosa y despiadada. Porque cada día comprobamos como la enfermedad nos sigue golpeando, como el hambre sigue matando, como el bienestar, el Dios Bienestar, nos ha endurecido el corazón para que no se sonroje ante refugiados, víctimas, perseguidos. El planeta protesta, los pueblos se revuelven, los valores se tambalean y el futuro se escribe en letra cursiva y no muy clara.

Es hora de levantar la cabeza y de ponernos de pie. Es la hora de los frágiles, de los que hacen de la esperanza su bandera y de los que siguen creyendo que el amor es lo único capaz de hacer un mundo mejor. Es tiempo del héroe alegre y sereno, que huye del emoticono facilón y sonriente, que afronta con valentía la vida que tiene entre manos, aún sin entender tantas veces. Es el momento de recordar que no somos ni comienzo ni fin y que nuestra inteligencia, nuestra capacidad, nuestra creatividad, debe ser puesta al servicio del bien común, respetando la ética universal y los valores apreciados por todo ser humano.

No hay recetas. Empecemos por nosotros mismos, por nuestras casas, en nuestros trabajos, en nuestros afanes. Comencemos por lo pequeño y dejemos que el rumor crezca, sin miedo. Abramos las puertas y las ventanas a Jesús de Nazaret, a Cristo Resucitado, a aquel que toca el corazón para hablarnos a cada uno y calmar y saciar aquello que anhelamos. Sigamos sus pasos. Salgamos de nuestras casas. Sandalias en los pies y un sencillo bastón en las manos. La toalla ceñida y cinco panes y dos peces que den comienzo al milagro, que hoy nos parece tan lejano.

Es posible. Es posible reconciliarse con uno mismo. Acariciar las heridas, desterrar la culpa, acallar los lamentos. Es posible reconciliarse con el prójimo, con aquel a quién tantas veces miré de reojo. Es posible reconciliarse con el planeta y demostrarle que siguen pesando más las ganas de vida que los calculados beneficios de la muerte. Es posible reconciliarse con Él, con ese Dios en el que no creen tantos y en el que no confiamos otros tantos. Es posible.

Y un cariñoso abrazo y una sentida oración por mis hermanos mexicanos. Confíen.

Un abrazo fraterno – @scasanovam

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