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A Dios hay que amarlo con pasión

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A Dios hay que amarlo con pasión.

No desde la terraza de las ideas,
no desde el hall de las buenas maneras,
no desde las nubes blancas,
frías, y faltas de sangre.
No.

A Dios hay que amarlo con pasión.

Dejar que a uno se le ericen los pelos
y le palpite el corazón.
Dejar que el termómetro se dispare
y el deseo se agudice
como la sed en un desierto.

A Dios hay que amarlo con pasión.

Sin calcular riesgos ni medir caricias,
sin ponderar consecuencias,
sin dejar que el intelecto lo vista de idea
y lo vista según protocolo.

A Dios hay que amarlo sin medida.
A fondo perdido.
Entregando la vida.
Sin echar la vista atrás.
Para siempre.
Con deseo irrefrenable.
Con hambre de felicidad.

Con Dios hay que compartir ratos,
etiquetar rincones,
contarse el ser que uno es,
desnudar el alma,
exponerse.
Tumbarse juntos y soñar futuros,
sobrellevar presentes,
sanar pasados sin curar.

A Dios hay que amarlo con pasión.
Y dejarse amar por Él sin freno.

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