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La noche oscura del corazón

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«A menudo pienso que la noche está más viva y más rica de colores que el día.» (Vincent Van Gogh)

Quiero aprovechar la suerte de tener una amiga artista como @saraillamas. Su nueva colección de creaciones basadas en el cuerpo humano son un auténtico lujo para aquellos que nos gusta paladear lo sugerente y no digerir lo obvio. Una colección que nos propone una fusión de antropología, filosofía, teología, biología, arte, diseño, espiritualidad… ¡Cuántos sabores listos para bocas hambrientas y sedientas de ir un poquito más allá!

Cuántas veces hemos sentido que nuestro corazón se haya sumido en la noche. Ya los místicos, en especial S. Juan de la Cruz, supieron utilizar esta imagen para referirse a una etapa de especial soledad y desolación en los lugares más interiores y profundos de la persona. También, más cercanas a nosotros, se referirían a esta noche dos Teresas de altura: Sta. Teresita de Lisieux y Sta. Teresa de Calcuta. Ni los santos, ni el propio Jesús, se libraron de este particular momento espiritual: la noche, la más terrible oscuridad.

También los no creyentes pueden experimentar esta noche. Etapas o momentos de especial incertidumbre, desasosiega, orfandad, falta de claridad ante lo que hacer, ante lo que uno es. El amor aparece congelado. La vida golpea. El silencia atrona y la lluvia no parece escampar nunca. Y la vida no es más que un estar en una cueva, guarecido, esperando y con la esperanza bajando y bajando y bajando…

Pero no me digáis que esta imagen de este corazón de noche, tocado por los sueños de Van Gogh, no nos hace entrar en el auténtico misterio de nosotros mismos. Una noche donde reside la luz más pequeña y, sin embargo, la más verdadera. La luz insignificante que lo soporta todo porque es en ella donde reside nuestra fortaleza. Una pequeña luminaria que sólo es descubierta por quién no escapa corriendo, hacia adelante, sin saber adónde, en la profunda noche.

«Estoy cansado de llorar. Noche tras noche lloro tanto, que inundo de lágrimas mi almohada» (Sal 6,6). El salmista expresa la experiencia de todo hombre o mujer consciente de una realidad atribulada, desconcertante, que trae dolor, lágrimas e infierno a la existencia. Lágrimas que, a la postre, limpian las esquinas y los accesos más olvidados del corazón, hacen cicatrizar las heridas mal curadas, se llevan los recuerdos que atormentan, el daño mal tragado, el silencio maldecido. «Día y noche, mis lágrimas son mi alimento, mientras a todas horas me preguntan: “¿Dónde está tu Dios?” (Sal 42,3) Lágrimas que son alimento y que van prendiendo el fuego en una pregunta que llena de improviso todo el corazón, la pregunta sobre Dios.

La noche se viste de búsqueda, de urgencia, de mar enbravecido, de tormenta llena de fogonazos cargados de energía que, por momentos, nos recuerdan que en esa oscura noche algo se está moviendo. Sólo hay que esperar y dejarse, abandonarse, sumergirse en la dulce espera del que anhela el amanecer. Como aquellas mujeres que encontraron la luz una mañana, camino de un sepulcro, cuando todo olía a muerte y a pérdida.

Un abrazo fraterno – @scasanovam

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