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Alguien hizo mal las cuentas

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Hay dos visiones del Papa en México. La verdadera y la de los poderosos. En la primera, la gente está feliz porque el Papa Francisco –tan querido por creyentes y no creyentes—viene al país a confirmarnos en la fe, y en la maternidad de Guadalupe. En la segunda, los mandones se mesan los cabellos porque ven ya como imposible “sacar raja” de la presencia del Pontífice.

Alguien hizo mal las cuentas. Con Francisco “sacar raja” no se puede. Desde la primera elección de los sitios a donde quería acudir, el asunto se empezó a salir de cauce para quienes siempre mangonearon las visitas papales. Dentro y fuera de la Iglesia.

Luego vinieron cancelaciones (por ejemplo, con el mundo de la cultura en la Ciudad de México), empujones de diputados y senadores (que querían que, como en Estados Unidos, el Papa fuera al Congreso), y una campaña soterrada con la cantinela de que el Papa nada tendría que venir a hacer al país azteca.

Como quien oye llover. Francisco volteó, hermosamente, la tortilla. Lo hizo, como siempre, a favor de quienes verdaderamente necesitan su presencia. Para ser confirmados en la fe. Para sentir la Misericordia de Dios. Para aprender a pedirle perdón al Señor y perdonar al prójimo. Lo hizo a favor de los pobres, las víctimas de la violencia, los migrantes, los refugiados, los indígenas.

No voy a México a comer con los grandes, parecía decir en sus video mensajes; voy a tocar las llagas de Cristo en los descartados por la globalización de la indiferencia y a los oprimidos por el reino de la corrupción… Con ello ha dejado en el arroyo a quienes acariciaron la ilusión de aumentar su colección de “selfies” con el latinoamericano más célebre de nuestro tiempo.

¡Qué pena! Los tiempos cambian. Y la Iglesia, con Francisco, también. No hacia las nuevas modas y modismos. Sino hacia atrás. Hacia el núcleo del mensaje. Hacia los preferidos de Jesús: los niños y los pobres.

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