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Vidas de guion

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Nos encanta ver películas y series en familia. 

Durante estos meses de invierno con días de mucho frío apetece quedarse en casa, pero es que además, ver algo juntos nos ayuda a relajarnos después de las tensiones del día, que siempre las hay.

No conozco a ningún niño al que no le gusten los cuentos pero está claro que la afición por las historias en casa es algo que se alimenta. Mi marido y yo lo llevamos en la sangre y ellos también.

Recuerdo cuando mi hija Irene era pequeña y todas las tardes transcurrían igual. El suelo de su habitación se convertía en una boda, un cumpleaños, una fiesta de disfraces o una de pijamas. Si no quería que la hora de la cena se convirtiera en un drama debía avisar a Irene con tiempo para que fuera terminando la historia, porque acostarse sin sacar toda la trama de su cabeza era algo que la chiquilla no podía soportar. Sara, la benjamina, ha heredado esta manera de jugar rodeada de muñecos que hablan sin parar y Ángel, que aparentemente es menos creativo, siempre ha tenido mucha capacidad para analizar aquello que veíamos.

Anoche sin ir más lejos estuvimos comprobando cómo la música con la que comenzaba una película nos avanzaba que era de aventuras y con una serie de policías que vemos últimamente a los tres les encanta comprobar que no todos los que empiezan siendo malos terminan siéndolo y que los principales protagonistas de la trama están llenos de matices. Hay buenos buenos, malos remalos y también conversiones. Ver esta evolución y sobre todo descubrir qué está en el origen de un problema o del cambio en el interior de un personaje nos está dando pie a conversaciones de lo más interesantes en casa.

Como madre, en este punto en el que estamos, el principal reto que me planteo es hacerles ver que en la vida real las problemáticas no se desarrollan como en la ficción, donde puedes dar un giró al guión de manera caprichosa para conseguir audiencia, para generar sorpresa o porque se te va una actriz y necesitas hacerla desaparecer de la historia.

Las series de «polis» muy de niños no son, pero tienen la ventaja de que a partir de ciertas edades, no muestran nada que no sepan y te ponen en bandeja un montón de cuestiones que a ellos les interesan y sobre las que los padres podemos enriquecer su visión de las cosas. Hace unos días el argumento planteaba el tema de la infidelidad y del perdón. Mis hijos abogaban por un final feliz, con reconciliación de por medio por todo lo alto. Y me preguntaban que qué pensaba yo que iba a pasar al final. Se lo dije y acerté, pero también aproveché para explicarles que cuando cruzamos determinadas líneas rojas sentamos las bases para que todo se complique mucho porque en la vida real el perdón en situaciones de este tipo es un asunto muy complejo que, lejos de resolverse en dos capítulos, es un proceso que puede durar toda una vida.

Y tres cuartos de lo mismo en lo que respecta al coqueteo con las drogas o el juego. En los últimos años han preguntado en muchas ocasiones cómo cae una persona en este mundo, pero con esta serie de policías es la primera vez que ven el momento recreado, con sus malas compañías, las malas rachas mal llevadas y los salvadores de aquellos que se libran por los pelos de caer en el pozo.

La vida misma, que no siempre puede manejarse a golpe de guión. Esa es mi preocupación en medio de tanta historia bien contada. Que entiendan que también en la vida hay conversiones, buenos y malos, pero que la evolución no es ni tan alegre, ni tan rápida como en la pantalla.

A ratos también pienso que solo podemos explicar todo esto en parte, porque todo ello lo aprenderán viviendo. Y yo solo podré estar ahí para celebrar las alegrías y tender la mano en los momentos de crisis, que inevitablemente los habrá. Pero eso será otra historia. @amparolatre

 

 

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