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Venezuela

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Ya lo tengo todo a punto. No es gran cosa y desgraciadamente a diferencia de otros años, en esta ocasión el factor sorpresa queda reducido a la mínima expresión, porque cuando hablé con mi amiga por teléfono me pidió que le mandara jabones y champús. Así que ya sabe con lo que se va a encontrar.

La conocí hace unos quince años. Pasé dos veranos en la diócesis en la que ella es responsable de catequesis, en la frontera entre Colombia y Venezuela. Hubo «feeling» desde el primer instante, me encantaba “verla en acción” con una vitalidad inagotable, hablando y animando a los niños y jóvenes de una de las diócesis más pobres del país y desde entonces mantenemos una amistad cada vez más interesante.

Venezolanos, en San Antonio del Tachira.
AFP
Venezuelans wait in San Antonio del Tachira, Venezuela to cross the border with Colombia on July 10, 2016.

Ella también ha estado en varias ocasiones aquí, pero en los últimos años las cosas se están poniendo cada vez más complicadas en su país y no sé cuándo podremos volver a vernos. Gracias a un misionero español, todos los años recibo algún collar o rosario indígena y ella alguna pequeña sorpresa. A mi amiga le chiflan las camisetas, una de las veces que vino se fue cargada de cuadernillos «Rubio» y la otra de material para el colegio. En esta ocasión, me ha pedido que me centre en productos de higiene y aseo personal, porque no hay forma de encontrarlos. Mi amiga vive para «los niños», son su debilidad. Así que, aunque no se lo espera, entre botella y botella de gel he puesto unas cien pegatinas de distintas formas y colores.

Esta noche siento una enorme sensación de impotencia. Un país se viene abajo y yo lo único que puedo ofrecer es un pequeño paquete con jabones. Mientras tanta gente se juega la vida, o se muere de hambre, aquí sobrevivimos a la rutina desesperanzados por tanta indiferencia. Sin embargo, creo que no puedo caer en el desaliento poniendo el foco en mi pequeñez frente a las grandes miserias. Pienso que el bien siempre suma y que son muchos los frentes. Un pequeño paquete preparado con cariño no restaura la democracia, pero puede devolverte algo de esperanza y evitar el sentimiento de soledad sabiendo que miles de kilómetros más allá hay gente pensando en ti.

Soy insignificante frente al hambre del mundo, pero soy lo más grande para los míos. Esta es ahora mismo mi misión y no es poca cosa, si además intento que nuestro horizonte siempre esté más allá y las puertas de casa estén siempre bien abiertas para el que quiera pasar. Esta noche ha venido a cenar «el misionero mensajero» -obispo para más señas-. Ángel ha escuchado, unos ratos más atento que otros sus historias de «yanomamis» y «piaroas» y ha querido estar delante cuando le he entregado el regalo para mi amiga, que él me ayudó a preparar. El truco para lograr el equilibrio y no volverse loco quizá esté en centrarse en hacer el bien, sin descartar las grandes aspiraciones, pero sin menospreciar gestos modestos, porque todo suma. @amparolatre

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