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Tiempo de conversión

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Cómo cuesta ganarle minutos al día. Pero hoy lo hemos conseguido. ¡Bien!

Hace días que mi marido y yo nos habíamos propuesto tener un momento de oración hoy por la noche, para celebrar en familia el Miércoles de Ceniza. Había sido una propuesta en versión precipitada.

oración

(lunes por la noche cuando a mí se me cerraban los ojos, mientras terminábamos de recoger la cocina)

  • «Podríamos preparar una oración especial para el miércoles por la noche ¿no?».
  • «Lo que prepares me parecerá bien».
  • «Ok. Pues te voy mandando por whatsapp».
  • «Perfecto».

Puede que la conversación dé un poco de «lastimita», pero ahora que ya están todos dormidos, he de decir que me siento orgullosa del resultado.

Primero porque hemos logrado sacar el momento, en medio de la vorágine de la tarde y en segundo lugar porque todos nos hemos tomado en serio este breve momento de oración.

Vamos con tantas prisas que no nos damos cuenta de las cosas que suceden a nuestro alrededor, ni de lo que pasa a aquellos que caminan con nosotros. Todo pasa volando. Y así, es imposible darnos cuenta de los signos de Dios en cada paso que damos, ni de a qué nos llama, ni de cómo interviene en nuestra vida a través de la vida de los otros.

Yo soy de letras, pero recuerdo la clase sobre la relación entre velocidad y fuerza. Últimamente me ha dado por pensar que nuestro ritmo vital tiene una fuerza tal, que nos impide cambiar de tercio cuando llevamos tiempo poniendo el foco en un aspecto concreto. Y esto es algo que puede pesar mucho. Pienso que para los niños la sensación debe ser algo así como cuando vas buceando y necesitar sacar la cabeza para respirar.

Como madre muchas veces soy consciente de esta especie de ahogo, pero no siempre sé cómo lograr que ese respiro se produzca. Sin embargo, cuando lo consigo soy consciente y nada me produce más satisfacción.

Momentos como la Cuaresma, cuando se viven como un tiempo de esperanza, tal y como ha dicho el Papa Francisco, nos ofrece a todos la posibilidad de frenar, revisar qué estamos haciendo y hacer un trabajo de conversión. Cuando lo hacemos en familia, verbalizando nuestros propósitos y caminamos en compañía de otros, que sabemos que también se esfuerzan, todo resulta más fácil.

«Sonreír más», «ser más cariñosos», «estar más disponibles», «no gruñir», «pensar más en los demás que en uno mismo» o «tener más paciencia» son objetivos sencillos y poco originales, pero estos gestos pequeños son los que pueden conducirnos a grandes cambios. Hemos iniciado nuestro particular proceso de conversión.

La Cuaresma no es un tiempo triste, sino de esperanza, porque la conversión sí es posible y eso siempre es un mensaje de esperanza. @amparolatre
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