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Pilas

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Sara me ha tocado varias veces la espalda cuando volvíamos a casa después del colegio. Hoy estaba muy contenta y no ha parado de hablar en el autobús.

Al bajar, quería que «desplegara mis alas» y voláramos hasta el portal. «¡Que no te caes mamá. Confía!». Han sido de esas tardes en las que la imaginación manda y no hay más. No tienes nada que hacer, salvo rendirte a sus encantos.

familia y trabajo
Sara es «mi pequeña» y aunque disfruto mucho también con los mayores, con los que mantengo conversaciones y comparto actividades muy interesantes, reconozco que tener en casa a un niño en plena edad de inocencia es un regalo, una bendición, una tabla salvavidas.
Da igual lo que haya pasado en el trabajo, no importa la discusión que tuviste el día anterior y que te quitó el sueño, te tienes que reír y punto. Bueno, reírte y desplegar las alas, porque a esta edad los niños son ante todo perseverantes.
Hemos llegado a casa y Sara seguía tocándome la espalda cada rato, pero yo por las tardes «estoy lenta». Los que me conocen saben que me levanto a 2.ooo por hora, mi mente organiza la jornada en los primeros cinco minutos. Descongelo, apunto, mando un mensaje y ya tengo el día organizado, pero por la tarde funciono con retardo (ni os digo mi ritmo a eso de las diez de la noche; una lástima de persona). Así que he tardado un par de horas hasta que he atado cabos y me he dado cuenta del movimiento repetitivo de Sara.
Resulta que Sara también percibe que voy perdiendo fuelle conforme avanza el día. La chiquilla me estaba cambiando las pilas para que no me apagara. Ay qué panzada a reír. @amparolatre
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