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Niños fuera

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He hablado muchas veces de esas situaciones en las que una constata con pena que los niños son un estorbo. Pero la historia a la que me refiero a continuación supone un paso más allá. Entiendo que los niños en determinados contextos puedan resultar molestos o que incomoden con su espontaneidad a quienes no estén acostumbrados. Pero ¿por qué impedirles la entrada en un hotel? ¿Qué mundo estamos construyendo?

La principal razón que da el hotel en cuestión es que así se logra un clima en el que los clientes tienen la paz y la tranquilidad de buscan. La historia la cuenta estupendamente en el blog de #siloshombreshablasen Raúl F. Millares, uno de los integrantes en este grupo fundado y alentado por el psicólogo Javier de Domingo, para buscar un modelo de paternidad y masculinidad más presente y activo en la crianza y la educación de los hijos:

«Disculpe que sea así de directo: para mí, un hotel sin niños es tan excluyente como un hotel solo para blancos, un hotel sin mujeres o un hotel sin homosexuales. Lo sé, esto a usted le puede sonar un pelín exagerado, pero intentaré explicarle algo sobre el mundo que quiero dejar detrás de mí, a ver si consigo que se replantee su nueva norma: amo a mi hija, y no entiendo amarla sin respetarla, y no creo que se pueda hablar de respeto tolerando que se le niegue el acceso a un recinto solo por su edad y por los prejuicios que le hacen considerar a usted y a muchos otros adultos que unas personas son más o menos soportables que otras en función de su edad: para mí, eso es otra forma de discriminación, en este caso por razón de edad, acaso una nueva forma de «edadismo»; quizá usted no esté todavía familiarizada con este término, de momento vinculado a la discriminación de las personas de mayor edad, pero algún día, seguro, le sonará tan despreciable como otros odios (racismo, machismo, clasismo, homofobia, etc.) y espero que pronto sirva para señalar creencias y actitudes que proscriben, menosprecian, invisibilizan y, en definitiva, maltratan a niñas y niños de medio mundo«.

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Lo que más me gusta de este post es que no se queda en la «pataleta» o la crítica ante la decisión absurda e injusta del hotel, sino que hace una propuesta constructiva:

«¿Qué tal si empezamos a tratar a niños y niñas como parte de la solución?, ¿y si le damos la vuelta su maravilloso hotel, a los restaurantes, a las fábricas o a las oficinas?, ¿y si nos planteamos que tal vez, si un espacio no está adaptado a una niña, quizá el problema sea del espacio y no de la niña?

De corazón le reto a ser parte de un nuevo cambio: déjeme ir a su hotel con mi niña, por favor, suspenda esa norma injusta e innecesaria, invite a las familias a acudir con sus hijas e hijos, eduque a los huéspedes sin prole en la convivencia con seres humanos de todas las edades, deje que mi hija muestre a ciertos adultos molestos a comportarse en público, deje que ciertos adultos descubran que salpicar en una piscina o correr entre las mesas no es el fin del mundo sino el principio de una vida.

Y confíe en nosotros, madres y padres empeñados en educar con amor y respeto a nuestras criaturas para que se comporten con amor y respeto en espacios compartidos y para que traten con amor y respeto a sus congéneres, a los cuales, eso sí, vamos a exigir amor y respeto recíproco.

Por favor, déjeme volver a su bonito hotel con mi hija, ¡Y hágalo pronto porque estamos a punto de tener el segundo y no sé si en la piscina va a caber tanta alegría!»

 Sin darnos cuenta -o sí- estamos alentando una sociedad «anti niños», en la que solo podemos llevarlos sin temor a que alguien se moleste, a parques de bolas masificados o a lugares en los que todo el mundo chilla y corre asilvestrado. Me sumo a la batalla de este padre que apuesta por enseñar a los hijos a disfrutar del silencio y la contemplación en un museo o del placer de hablar susurrando en un restaurante con velas. Me encantan las parroquias en las que apuestan por una «misa con niños» o «misa familiar» en lugar de «misa de niños». Y a los adultos a no perder la calma a la primera de cambio, porque un poco de barullo no es el fin del mundo, sino el principio de la vida.

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