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Momento granja

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Las excursiones de fin de curso son de los momentos más esperados del año. Suelen ser una herramienta fabulosa para motivar a los niños, para aprender saliendo de la rutina y del espacio habitual, así como para afianzar la autonomía y la independencia de cada uno.

Pero cuando hablamos de niños de 8 ó 9 años, el hecho de dormir fuera de casa puede ser algo totalmente superado o por el contrario, una asignatura pendiente. De manera que lo que se plantea a priori como una experiencia positiva, puede convertirse en algo que genera estrés en algunos niños, que se sienten presionados para sumarse a un plan para el que no tienen la seguridad que desearían.
casavieja
Y en una situación parecida se encuentran los padres, que se ven ante el dilema de o bien forzar un poquito la máquina por aquello de que van todos los compañeros, o bien desmarcarse del grupo y optar por que su hijo no vaya a la excursión.
Tengo que decir que a lo largo de los años he visto cursos bien distintos. Cuando fue mi hijo Ángel hace tres años, una quincena de niños no fue a la granja. Este año sin embargo, si no me equivoco, son solo dos niños los que no van.
Mi hija Irene está feliz como una perdiz con la aventura y todo lo que conlleva (dormir en litera, viajar sola, dormir con sus amigas, vivir en una granja…). Afortunadamente me he librado del «comecome» y el dilema, pero he vivido de cerca la incertidumbre de otros padres amigos y la carita de circunstancia de algunos niños que han vivido los preparativos en medio de un mar de dudas.
Creo que los padres tenemos que sentirnos absolutamente seguros para decidir al margen de lo que haga la mayoría, cuando pensemos que es lo mejor para nuestros hijos. Y no dejarnos influir ni presionar por comentarios, vengan de quien vengan. Éste es solo un ejemplo de los muchos que nos encontraremos en un futuro cercano y sobre los que deberemos encontrar nuestro particular modo de hacer (móviles, pagas, horarios…). En este caso además, creo sinceramente que no se acaba el mundo por quedarse en casa.
La autonomía, el apego o el desapego de cada uno es algo que se va construyendo poco a poco, y en lo que los padres podemos colaborar, pero mi opinión es que a esta edad y en este caso en concreto, no debemos forzar. Hablamos de niños de 9 años.
Sigo leyendo y releyendo la exhortación apostólica del Papa sobre la familia, «Amoris Laetitia» y uno de los puntos que más sugerente me ha parecido es ese en el que habla de la importancia de saber dónde están nuestros hijos en un plano existencial. Experiencias como las excursiones de varios días  fuera de casa -decidamos que vayan o decidamos que se queden- pueden poner interesantes conversaciones sobre la mesa para conocer, ya a la edad de 8 ó 9 años, cuáles son sus miedos, sus preocupaciones, sus ilusiones o sus sueños. Para Irene y sus compañeros, comienza la cuenta atrás. La aventura dará juego. Prometo posts sobre el tema. @amparolatre
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