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Mi vida sin paraguas

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Este post va por mi amiga Carmen, a la que le hace mucha gracia que yo no utilice paraguas. Yo creo que no se lo termina de creer. Pero es que para poder llevar paraguas es imprescindible tener una mano libre.

Tengo comprobado que sostener el paraguas mientras reparto meriendas me provoca un subidón de estrés. Y que abrir y cerrarlo, al subir o bajar del autobús, enseñando los abonos es un deporte de riesgo. Así que he decidido que mi vida con niños, no da para paraguas. Prefiero llevar prendas con capucha y mojarme un poco, pero simplificar la cantidad de bártulos y bolsas que llevo encima. Así me resulta más divertido y creo que a ellos también.

Paraguas_Vila_Nova_de_Cerveira.tif
Paraguas_Vila_Nova_de_Cerveira.tif
Después de un otoño preocupantemente cálido en Madrid, llevamos unos días de lluvia en los que, con este plan que os cuento, cuando llegamos a casa por las tardes después del colegio parece que venimos de la guerra.
Si las abuelas de las criaturas me leen, que no se asusten que no llegamos muy calados. Esto es un misterio pero es así. Somos unos artistas sorteando soportales.
Pero claro, nuestra Sarita aún es pequeña y sucede lo que con todos los pequeños. Las urgencias para ir al baño siempre surgen en el peor momento. Por ejemplo, en el autobús, un día de lluvia y cuando estamos a veinte minutos de casa. Mi contestación en estos casos siempre es la misma,»uy, pues ahora imposible, tienes que empujar para adentro», con la consiguiente cara de espanto o de cachondeo absoluto de las personas que tenemos alrededor.
El viernes por la tarde, la urgencia de la chiquilla era mucha (a los que sois padres no hace falta que os ilustre mejor la situación) y cuando bajamos del autobús repartí las bolsas de la merienda y la compra a los mayores y les dije que había que correr. Cogí a Sara en brazos y Ángel e Irene me seguían arrastrando las mochilas con ruedas a todo tren.
«¡Sara aguanta!», decía Ángel. Al momento Irene preguntó: «Mamá , ¿aún tiene el culo frío o ya lo notas caliente?»
El ataque de risa me obligó a frenar en seco bajo la lluvia y Ángel e Irene se dejaron contagiar por mis carcajadas. Rápidamente retomamos la carrera para llegar a casa antes «de que a Sara se le pusiera el culo caliente» (divertida forma de comprobar si ha sucedido lo inevitable).
Afortunadamente llegamos a casa a tiempo. Después de secarnos, poner un poco de orden y viendo que no había plan posible al aire libre, nos sentamos juntos a ver «La canción del mar», una película de animación, que nos acababa de regalar una buena amiga y que os recomiendo.
A todo esto he de añadir, que cuando voy sola, caminar bajo la lluvia sosteniendo un paraguas, me resulta de lo más placentero.
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