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Los niños solos de Lampedusa

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Los padres daríamos la vida por nuestros hijos. Es una realidad. Algo que les repetimos muchas veces, quizás porque sea de las pocas cosas de las que tenemos una certeza absoluta.

Sin embargo, no por ello nos impresionan menos historias como la de Flavour, una niña de nueve meses que ha llegado sola a Lampedusa, junto con otros inmigrantes de Mali, después de que su madre muriese durante la travesía en el Mediterráneo por las quemaduras del carburante.

A sus nueve meses Flavour tienen una historia triste y una cara preciosa, que ya han retuiteado miles de personas. Ayer fue tan impresionante la cantidad de seres humanos que llegaron a Europa a través de la costa italiana que su historia habría pasado desapercibida. Varios periodistas decidieron esperar un día y poner el foco hoy en esta pequeña. Este es el margen de maniobra que tenemos algunos días en esta profesión, puede parecer poca cosa, pero a veces es más importante saber esperar, que llegar el primero. Gracias compañeros, por tener la sensibilidad a punto y la paciencia entrenada.

Flavour

El médico que la ha atendido en la pequeña isla italiana, el doctor Pietro Bartolo ya ha manifestado su deseo de cuidarla, incluso de adoptarla.

Quiero creer que su historia tendrá un final feliz y que Flavour crecerá rodeada de cariño, en una familia que le repetirá muchas veces, que su madre la quiso tanto que dio la vida por ella.

Desgraciadamente no creo que tengan la misma suerte los 5.700 menores que han llegado solos a Italia a través del mar en lo que llevamos de año. Son datos de «Save de Children», que revela además que la cifra se ha triplicado respecto al año anterior.

Escribo esto llena de rabia y con una enorme sensación de impotencia, porque esto es una locura. 5.700 menores que quedan expuestos a la trata y a la maldad humana en sus diferentes versiones.

Pero ¿dónde está la solución a semejante drama? Tendrá que haberla ¿no? Esto no es inevitable. Se puede acoger más y mejor, se pueden prevenir determinados conflictos, se puede trabajar para hacer efectivo el «derecho que todos tenemos a no emigrar» y se puede trabajar para que cuando ya han estallado los conflictos se proteja mejor a la población civil. ¿Se puede? Necesito creer que sí.

Una de las preguntas a las que hemos respondido en casa este curso escolar es la de ¿cómo hablarán los historiadores de nuestra generación en un futuro? Da vergüenza pensarlo. Me temo que no muy bien.

Y ahora voy a respirar hondo y a centrarme en poner mi pequeño granito de arena para cambiar mi entorno, porque si no toda esta rabia que siento ahora mismo la terminaré lanzando sobre mis hijos en formato sermón tipo «tenéis de todo y no lo valoráis» y esto solo estropearía más las cosas. @amparolatre

 

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