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Los encuentros del verano

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La última vez que la vi era una universitaria con una de esas sonrisas acogedoras que una quisiera para sí. La conocía, porque en el ambiente de parroquias en el que yo me movía era imposible no hacerlo. Era la hija de los fundadores de un comedor social y de una serie de actividades asistenciales y espirituales, muy comprometidas con los más necesitados.

En estos años se ha convertido en madre y también en motor del proyecto de sus padres. Lo único que no ha cambiado es su sonrisa. Nada más llegar a Salamanca nos encontramos sin esperarlo. Era uno de los encuentros ricos del verano. Nuestros hijos se miraron fijamente, al principio un poco serios, ya sabemos cómo son estas cosas, pero desde esa misma noche se hicieron inseparables. Prometimos quedar con calma para tomar un café, pero se ve que la calma no va con nosotras. Ella un día me prestó un poco de ajo, al día siguiente una bici para Ángel y en el último momento antes de salir rumbo a Madrid yo le llevé un par de cajas de ropa de mis hijos, que seguro que ya tienen dueño.

Gracias a este encuentro fortuito, nuestra relación ha cambiado. Entre los adolescentes «de nuestra vida» ha surgido una amistad que promete y en el aire también ha quedado una promesa de ir los cinco a ver el comedor la próxima Navidad. Ahí queda la cosa.

Nuestro+último+verano+en+Escocia - es
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A Irene también le ha costado despedirse de dos hermanas de las que no se ha separado este verano. Se han pasado días enteros ensayando coreografías dentro de la piscina y jugando a maestras. Pero su cara de pena cambió cuando al poco de entrar en casa y aún rodeados de maletas, sonó el timbre: «¿Está Irene? ¿Puede bajar? Le echamos de menos». E inmediatamente, subidón de seguridad y tranquilidad. Benditas sean sus amigas, porque yo ya con su cara de pena me estaba empezando a agobiar.

Viendo cómo ha sido el verano de mis hijos y recordando cómo eran los míos se me ocurre que quizás sea un error pensar que las experiencias y las amistades de verano sean «de segunda». A veces damos a todo lo que sucede en el curso una importancia desmesurada y nos relajamos en el peor sentido de la palabra durante esta época que, sin embargo, para los niños son prácticamente tres meses del año.

Miedos que se superan, conocimientos que se afianzan, heridas que se producen y otras que se curan (del cuerpo y del alma), unos hábitos que se adquieren y otros que se olvidan, amistades que nacen y otras que se enfrían, aficiones que se descubren y etapas que se queman. Todo ello sucede también en verano. Y es un placer observar el espectáculo. Termina el verano, pero la vida sigue. Continúa la fiesta.@amparolatre

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