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Esas tardes tan relajaditas

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3 - Mantener el teléfono en silencio mientras estoy haciendo alguna actividad y mientras hablo con alguien.
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A estas alturas de la película mi madre y mi suegra ya me conocen. Saben que a partir de octubre empieza la fiesta. El curso con todos sus matices, vamos. Con su jornada completa, sus actividades extraescolares, sus imprevistos con sus correspondientes escapadas «al chino», sus citas médicas… En fin lo que es un no parar.

Por eso, porque me conocen, saben que si me llaman a partir de las 19:30 horas puede que no les conteste. Y no es mala educación o pasotismo. Es que muchos días a esas horas mi marido no está en casa, y una servidora está secando el pelo, mientras hay unas pechugas terminándose de calentar en la cocina. Es a esas horas cuando surgen las dudas de los deberes que se han ido haciendo a lo largo de la tarde o entran los agobios porque «¡no me da tiempo mamá!». Queda pendiente recoger habitaciones, preparar mochilas, puede que poner una lavadora, incluso escribir el post con la media neurona que me queda despierta después de que la tropa se haya ido a la cama.

Agradezco mucho a las abuelas su comprensión con mi ajetreo diario. Como alucinan con el ritmo de casa cuando vienen a vernos, si salta el buzón cuando llaman, directamente mandan mensaje por whatsapp para desearnos buenas noches o para decirnos cualquier «cariñada».

Ayer unas madres amigas comentaban lo que les desestabilizaban las visitas a deshoras cuando hay colegio y la incomprensión que percibían ellas en las personas que no tienen niños pequeños. Su angustia me hizo pensar en la falta de empatía en este tipo de situaciones. Porque ellas se referían además a casos concretos en los que había habido indicación de no hacer coincidir la visita con la hora a la que se acuestan los niños.

Como comentaba, me siento una afortunada porque no me encuentro con esta batalla actualmente, pero hasta llegar a este punto en el que ni me planteo coger el teléfono cuando estoy a tope, he vivido unas cuantas situaciones en las que por ser amable he sufrido auténticos subidones de estrés; en las que he obligado a mis hijos a dejar de cenar o les he interrumpido con los deberes para saludar a la abuela.

Según haya transcurrido la tarde, lo haces y no pasa nada. Pero en una casa con niños conseguir que la tarde fluya mientras tu haces la cena y atiendes sus necesidades, de cuerpo y alma, puede ser complicado. Y lo que está claro es que hay veces que por abarcar más de la cuenta, o por querer estar sonrientes y no decir un «no» a tiempo, llegamos al final del día en un estado lamentable o con una bola en el estómago que no hay quien la deshaga.

Así que queridas madres amigas, más vale ponerse una vez colorada que cien veces amarilla. Decid «no», cuando tenga que ser «no». Queridos familiares y amigos sin niños pequeños, sed comprensivos con los horarios de un hogar con peques.

El ajetreo que se llega a vivir en las casas con niños pequeños no se sabe hasta que se vive y tengo la impresión de que se olvida rápido. Así que no queda otra que ser todo lo generosos que podamos, a la vez que decimos las cosas claritas a la gente que queremos. Por el bien de todos. @amparolatre

 

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