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El dilema mallorquín

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En Madrid, aunque supongo que habrá tradiciones similares allende los mares, se ha establecido como norma que al terminar el Bachillerato, los chicos y chicas -muchos aún menores de edad- se vayan una semana a la isla de Mallorca.

Un «viaje-desfase», que tiene como objetivo salir todo lo que el cuerpo aguante, con todo lo que ello conlleva. Vamos, nada que ver con un viaje cultural.

A mí todavía me queda tiempo para enfrentarme al dilema, pero tengo claro que si dentro de unos años el planteamiento es el mismo, mis hijos desde luego, se quedarán en puerto.

fiesta de garaje
No me siento en absoluto presionada por el hecho de que son minoría los que no van, más bien me siento reconfortada por la valentía y la claridad mental de personas como mi amiga Carlota, a la que ya le he oído contar varias veces cómo fue la noche de desvelo y llantina durante la que le explicaba a su hija las razones por las que no iba a ir.
En la educación de los hijos no hay que tener miedo al síndrome del salmón; hay que estar preparado para nadar contracorriente porque como nos dejemos llevar por las modas estamos perdidos.
Leo a una periodista que habla del tema decir que «a lo mejor sobrevivir intacto, física y emocionalmente, a una semana de borracheras, de desayunos de buffet, de espaldas abrasadas en la playa durante la resaca, de cajas de ibuprofeno genérico en la farmacia, de sexo mareado, es lo que necesitan para desfogar un poco, creerse mayores, valientes y responsables».
Pues no entiendo por qué. Yo he tenido una enorme vida social, he salido con grupos de amigos distintos, pero ha habido cosas que no he hecho nunca. También fui adolescente e hice alguna tontería, otras no, y  precisamente por eso, porque hubo aros por los que no pasé, me convertí en una persona adulta valiente y considero que con cierto criterio.
¿Desayunos de buffet a los 17 años? ¿Estamos locos? ¿En toda esta enumeración de despropósitos (borracheras, espaldas abrasadas, sexo mareado) consiste sentirse mayor y responsable? Discrepo. Recuerdo la instructiva charla de mis padres la primera vez que les dije, siendo menor de edad, que iba a hacer algo con mi dinero. No se me olvida, porque en una familia nadie puede hablar de «su dinero» y menos los hijos, que son totalmente dependientes. A mí nunca me faltó de nada, al contrario; pero a los dieciocho años yo ya tenía edad para advertir que en casa había dinero para lo importante, precisamente porque mis padres no se lo gastaban en lo accesorio.
Creo que el modo salmón, no solo debemos cultivarlo los padres. No sé muy bien cuál es el mejor modo de hacerlo también con los hijos. Deben saber que ser únicos, cuando tienen el sentido común de su parte, no es un error, aunque en ocasiones implique cierta dosis de soledad. @amparolatre
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