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Dudas y adolescencia

HAPPY TEENAGERS
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A veces es simplemente parte «del pavo» con el que tienen que lidiar a diario. En ocasiones están incubando algo. Y otros días el decaimiento es simplemente porque el día no ha ido bien.

Uno de los retos más complicados a los que me enfrento actualmente como madre es precisamente salir de dudas cada vez que les veo especialmente irascibles o apáticos.

Estaría genial tener una aplicación en el móvil para descubrir cuándo debemos apretar las tuercas y  ponernos duros, cuándo lo mejor es tener una charlita o cuándo debemos poner distancia de por medio para volver a la carga más tarde. No es fácil.

Oigo mucho eso de dejar que se estrellen. Pero le veo mucho peligro. Porque, siendo consciente de que es muy bueno que se equivoquen solos para que aprendan de sus errores, no me parecen necesarios los tortazos estrepitosos. No sé si me explico. Me parece más interesante tenderles la mano cuando están a tiempo de salvarse de la caída monumental, si son capaces de apreciar la ayuda. Lo otro me parece cruel.

Cada padre sabe lo que tiene en casa (o debería). Cuando tienes varios hijos te das cuenta de qué pie cojea cada hijo. Ni todos tienen la misma fuerza de voluntad, ni la misma capacidad para pelear ante una dificultad.

Por eso mismo, máximo respeto a las circunstancias de «nuestros adolescentes favoritos». Ni son sobrados, ni les resbala todo; aunque sea eso lo que parece. Lidiar con «su pavo» supone convivir con un montón de inseguridades y de situaciones incómodas, además de lo académico. Sus silencios, su rabia o su necesidad de soledad esconden su realidad con un montón de matices que muchas veces ni intuimos.

Espero que con el tiempo, mi adolescente favorito, perdone mis torpezas y mis pesadeces y valore el apoyo que su padre y yo intentamos darle.

Ni es fácil ser adolescente, ni tampoco ser el padre o la madre. La duda de si estaremos acertando estará siempre ahí. Pero dar una de cal y una de arena, exigir y ayudar a partes iguales, «soltar la chapa» aunque nos llamen pesadas u ofrecer un abrazo antes de irnos a la cama, cuando llevan un un rato enfurruñados son cosas que solo pueden hacer bien ¿no?

Digo yo.

En cualquier caso y aunque ellos se vayan a su habitación, porque desean desaparecer, los que no podemos hacerlo somos los adultos. Nuestro mensaje debería ser siempre el mismo: que estamos ahí, con un canal abierto de comunicación permanente. @amparolatre

 

 

 

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